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El cedro de los Porqueres
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La preservación de un viejo cedro en Alpa Corral llegó a los Tribunales. Luego de un insólito litigio, se acordó preservar la especie con una adecuada poda y mantenimiento.
Publicada el en Crónicas

Quisieron voltearlo, pero el cedro que don David Porqueres plantó en Alpa Corral quedó en pie, respetada su altura y aligerado el volumen, con control especializado en el momento de la poda. La operación se realizó en estos adecuados días de julio, de modo que la conservación sensata superó el intento de depredación, motorizada por el capricho prepotente, contrario a la buena vecindad. El conflicto fue largo y los Porqueres encontraron en sus propios componentes la decisión, la capacidad y los argumentos para defender al ejemplar emblemático del lugar y parte de la microhistoria familiar.

David Porqueres instaló su sastrería artesanal en Río Cuarto, ciudad del sudoeste de Córdoba, a mediados del siglo XX. Un amigo lo invitó a conocer Alpa Corral, a cien kilómetros de distancia, por un camino con extenso tramo de precariedad, para arribar a un valle poco poblado, de río limpio y escenografía montañosa. Suelo y cielo parecido al de La Morera de Montsant, donde nació el inmigrante catalán, en 1905. Con la añoranza florecida, David compró terreno amplio, con vivienda a refuncionalizar.

Forestó con recuerdos de su infancia. En el fondo de la propiedad castaños, almendro y avellano. Los nogales cerca de la casa. En el frente, la conífera ornamental, el Cedrus Deodara o Cedro del Himalaya, gracioso y muy elegante. David y su esposa Olga Quercia cuidaron la arboleda y la huerta. Sus hijos, Gustavo y Mercedes, aguardaban los fines de semana para la excursión a Alpa Corral, nombre asignado por el pueblo originario, que en la piedra estampada eternizó su existencia cultural.

Fui compañero de cárcel de Gustavo Porqueres en 1978 y me casé con su hermana Mercedes en 1980. Ellos me hablaron y me llevaron a Alpa Corral. Asumí que allí la gente considerara que yo era un Porqueres más, los de la casa del “pino” vistoso, porque no era cuestión de andar indicando mi apellido y aclarar que la conífera distintiva era un cedro. Rodrigo, Juan Martín y Santiago, los nietos de David y Olga, trenzaron sus propios vínculos en Alpa Corral, contagiados a sus respectivas mujeres e hijos. En los encuentros numerosos circula la copa de los ausentes, en homenaje a los abuelos que legaron el refugio veraniego, con la significativa plantación incluida.

El cedro, los castaños y los nogales, crecieron lozanos. El avellano y el almendro sucumbieron en el intento. Las guías orales coinciden en señalar que fulano vive más allá o más acá de la casa del “pino”, la de los Porqueres. Sin embargo, la belleza y la utilidad no carecen de rivales. En resumen, un vecino infectó en otros el temor de que el cedro se derrumbara, causando desgracias personales y daños materiales. Escuchamos la inquietud y tramitamos la opinión autorizada. La ingeniera forestal Natalia De Luca, egresada de la Universidad Nacional de Río Cuarto y asesora municipal, redactó el diagnóstico: el cedro está sano. Sólo podría afectarlo un fenómeno climático, con capacidad para devastar con fuerza de tsunami. La experta recomendó periódicas verificaciones preventivas y aliviar la porción inferior del follaje.

La comunicación del dictamen tuvo como destinatarios a la Municipalidad y los vecinos preocupados. Era el inicio de 2014 y dimos por resuelto el problema. Pronóstico errado. A principios de 2015 el juez de Paz notificó que habíamos sido denunciados por preservar al potencial enemigo público número uno, el cedro plantado por David Porqueres. Denuncia sin preaviso, empujada por el trastorno obsesivo compulsivo y el autoritarismo de quien no alcanza lo que pretende, por absurdo que sea.

La maniobra chocó con un inconveniente: Santiago David Alfieri Porqueres es abogado. Pensó y desarrolló la estrategia letrada para defender al cedro que plantó el abuelo y quiere la familia. Pese a los kilómetros que separan Alpa Corral de Paraná, siguió de cerca el expediente. El juez de Paz se llamó a silencio y surgió la actuación de funcionarios municipales, presionados por quien anhelaba la solución de la motosierra, tentaba a aserraderos con el beneficio de la cotizada madera de cedro y gestionaba el insólito informe de bomberos de Río Cuarto, para que describieran el peligro que implicaba. No conforme, el vecino de marras admitía conocer el método para envenenar al árbol, hasta matarlo.

La tensión fue inevitable. La agresividad de los necios se compensó con la palabra solidaria a la defensa del cedro, pronunciada por gente del lugar en repudio al proyecto de arboricidio. Por fin, en mayo de 2016 se llegó a un acuerdo: la Municipalidad se hizo cargo de la poda, sin afectar la altura y el tronco del ejemplar. El cuidado trabajo acaba de concretarse. No sabemos si la otra parte se dará por conforme. El sol adhirió a la ronda festiva de los Porqueres con la alegre presencia infantil de Luna, que nos trajo de Alpa Corral una robusta piña, prueba de vida del cedro salvado, el que plantó su bisabuelo David, con sentimiento catalán.

Guillermo Alfieri
- Periodista -