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40 aniversario de su asesinato
Por siempre Angelelli
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Los llanos riojanos volvieron a ser la Meca de miles de peregrinos que concurrieron a la ermita que se erigió en memoria del Obispo de los pobres. Evocación de un hombre que dejó su huella en la conciencia de los pueblos
Publicada el en Reflexiones

Vida, obra y martirio de Enrique Ángel Angelelli fueron motivo de homenaje, al cumplirse 40 años del crimen del que fue víctima el obispo de La Rioja. Sucedió el 4 de agosto de 1976, a la hora de la siesta, en la ruta 38, con el simulacro de accidente de tránsito, desbaratado por la inmediata incredulidad popular y por el demorado juicio, con condenas a represores uniformados y la posibilidad de investigar la necesaria complicidad de civiles.

El aniversario es propicio para destacar el carácter de pastor ético, líder de las demandas sociales de la mayoría de un pueblo postergado, digno de la profecía que aguarda cumplimiento.

Angelelli asumió el Obispado de La Rioja el 24 de agosto de 1968, a los 45 años de edad. En el país gobernaba el golpista general Juan Carlos Onganía. En la provincia era interventor el civil empresario Guillermo Iribarren. La bienvenida oficial estuvo a cargo del funcionario Roberto Catalán, futuro juez federal de la dictadura que mató al sacerdote, ahora procesado y sentenciado por delitos de lesa humanidad.

La Rioja tenía cerca de 135 mil habitantes; la mitad radicada en la capital. Predominaban las relaciones feudales, por ausencia de pautas del capitalismo industrial. No había Universidad y el éxodo era obligado para los jóvenes con oportunidad de cursar estudios académicos. Lo mismo, para quienes ingresaban al mundo laboral, por fuera del aparato del Estado. El movimiento cultural progresista lidiaba contra el oscurantismo aristocrático.

Más que a en la zona metropolitana y en Córdoba, de donde procedía Angelelli, en La Rioja existían las condiciones de la Latinoamérica descripta por la Iglesia renovadora: explotación colonial, empobrecimiento  e injusticia. En ese espacio, para ese pueblo, actuó el obispo. Por eso los militares armados y los civiles inquisidores lo asesinaron, en siniestra conspiración.

En condición de periodista, fui testigo de episodios ocurridos en los ocho años que Angelelli actuó como obispo de La Rioja.

El antecesor en el cargo extendía la mano para que los fieles le besaran el anillo, doblando la cintura. Angelelli estrechaba la suya con la del prójimo, borrando jerarquías e identificaciones confesionales.

Llegó al diario El Independiente para el saludo de presentación protocolar, con la sotana que alguna vez fue nueva, cubriendo el cuerpo robusto, la figura alta. Supimos que el encuentro sería breve, pero duró un par de horas. El sacerdote habló menos de lo que escuchó, en la sede de calle 9 de Julio 223. La formalidad quedó reemplazada por el diálogo entretenido, prolongado en el recorrido por el taller, dominado por los compañeros gráficos. Nos quedó la impresión de que ese obispo sería leal a su lema: “Debemos estar con un oído en los pobres y otro en el Evangelio”.

Vi llorar a Angelelli para no responder, como correspondía, el agravio de un energúmeno. Lo vi disfrutar de la sobremesa sencilla, en un pueblito casi fantasma, con vecinos que por lo que hacían en la tierra merecían ganarse el cielo. Lo vi dar esperanza a los resignados a ser explotados.

Angelelli se sumó a la campaña contra la usura. Animó la agremiación para lograr derechos laborales. Propició el cooperativismo campesino para ocuparse de reactivar latifundios improductivos. El obispo no creaba problemas ficticios; los problemas eran pre-existentes a su gestión y lo que hizo fue no ignorarlos.

El religioso Arturo Paoli escribió una nota, publicada en Revista SIC (Venezuela), en 1978: “Puedo afirmar que al obispo de La Rioja le era completamente ajena la pasión por sobresalir, la búsqueda de ocasiones para llevar a cabo un acto heroico (…) En la intimidad de su ser, afloraba y se descubría aquella fragilidad de adolescente, que era el secreto de su encanto”. Así es: fueron los detentadores del poder los que lo declararon enemigo, por conmover el retrógrado conservadorismo.

Angelelli estuvo en la primera línea de los ataques de los sectores reaccionarios desde antes del sanguinario golpe del 24 de marzo de 1976, cuando cargaron sobre él del modo que más podía sentirlo. La represión desbandó a los organismos diocesanos; detuvo y obligó al exilio a curas, monjas y laicos. El 18 de julio secuestró, torturó y eliminó a los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville. A la semana, acribilló al joven Wenceslao Pedernera.

La jerarquía eclesiástica miró para otro lado. La coherencia de Angelelli rechazó las sugerencias de abandonar el territorio. El 4 de agosto de 1976 su cuerpo inerte, de 53 años de edad, permaneció largas horas sobre el camino, en un paraje hoy denominado El Pastor, donde una ermita testimonia el lugar del magnicidio y recibe a peregrinos con el idioma común del reconocimiento al obispo de principios intransigentes, que desnudaban la hipocresía ajena.

Guillermo Alfieri
- Periodista -