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Cambiemos representa la restauración conservadora más salvaje desde el golpe cívico militar de 1976. Se trata de un proyecto de país gestado en la tradición de la campaña del desierto y el pacto Roca-Runciman. El triste papel del opoficialismo.
Publicada el en Reflexiones

El gobierno nacional encarna el proyecto de las botas a través de los votos, como puso de relieve recientemente Horacio Verbitsky a partir de los dichos off the record de un funcionario del Ejecutivo. Ese proyecto, como bien lo describe Alejandro Horowicz, es el más rancio y, tal vez único, proyecto de nación que tuvo este país: el que fue gestado al calor criminal de la campaña del desierto—genocidio indio--, la unificación estatal del territorio, el latifundio, el pacto Roca Runciman y luego, en el siglo XX, heredado al partido militar; esto es, a la alianza entre los sectores corporativos más reaccionarios del país.

Desde esta perspectiva, Yrigoyen, Perón, las luchas sindicales en los 60, las luchas armadas en los 70, fueron disrupciones de ese proyecto. Como también lo fueron el alfonsinismo y el kirchnerismo, con sus matices y diferencias obvias.

El gobierno de Cambiemos encarna la versión posmoderna de aquel viejo proyecto; no ya como nación, sino como una suerte de comunidad ética entre la new age y los negocios dirigida, como interpelación, a individuos incautos y como proceso real a los mismos de siempre: a quienes acumulan por transferencia en distintos niveles o anudamientos estructurales, desde la economía financiera y de bienes de consumo hasta la economía libidinal (medios dominantes).

Anudamientos que no se producen sin violencia, al contrario, son efectuados a partir de numerosos actos de microterrorismo físico y simbólico con efectos reales. Por caso, el linchamiento de una identidad política y su persecución a partir de servicios de inteligencia, jueces, fiscales y periodistas del régimen.

El resultado de esa forma de encarar la gobernabilidad es un Estado de excepción en el que la movilización política, las construcciones colectivas de las masas populares, la protesta y la toma de plazas y calles son identificados como actos de subversión y de sedición. Sobre esa criminalización de la protesta se monta el operativo de las “amenazas” al presidente y a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires.

Insultar por Twitter o Facebook se ha convertido en una manera de atentar contra la continuidad del gobierno. Si no moviera a risa, sería preocupante.

Por supuesto que la señal más grave de este Estado de excepción es la detención ilegal de Milagro Sala y de sus compañeros de la organización Tupac Amaru en Jujuy. Sala es la primera presa política de la democracia y todo lo que rodea su detención es inédito y violento como también lo es el silencio cómplice de la opinión pública.  Vale recordar en este contexto los aportes de Hugo Seleme y de Diego Tatián en la Izquierda Diario y en Página/12, respectivamente.

¿Neoliberalismo?

Dos dimensiones, entonces, atadas a la historicidad del neoliberalismo en estas tierras. El término neoliberalismo puede prestarse a confusiones. Más que el mandato de la empresa de sí como sustitución de la soberanía estatal, entre nosotros el proyecto neoliberal se asienta y echa raíces en una larga historia de identificaciones que se reproducen en el doble juego de repetición/diferencia.

Nuestros actuales gobernantes no son una réplica de Onganía ni de Videla; pero cargan en sus espaldas fragmentos de la identificación de la nación con el campo, el ejército y la iglesia -hay estudios sobre la formación de los miembros del gabinete en colegios como el Cardenal Newman, por ejemplo-, fragmentos de la cuádruple persecución que describe David Viñas en uno de sus últimos textos de gran densidad política: Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra: la caza del gaucho rebelde, del inmigrante peligroso, del obrero revolucionario y del intelectual subversivo.

Habría que agregar a la saga de Viñas la cacería de la mujer militante. Fragmentos que se unen en un pastiche -forma por excelencia de la cultura posmoderna- en la que pueden convivir las señoras de Barrio Norte, Tomás Abraham, abonados a la temporada de ballet del teatro Colón y antiperonistas de variado pelaje. Aquello que funde estas rancias y frívolas diferencias en un mismo plano es el rechazo común de cualquier forma de emancipación colectiva, cualquier forma de política que implique la aparición/emergencia de un demos.

Dicho de otro modo: los pega el rechazo común de la política y su sustitución por formas más o menos conservadoras de la ética -hago aquí un uso deliberadamente impreciso de la palabra-, que apelan a la transparencia, al funcionamiento de las burocracias o a la división de poderes como garantías de un nuevo orden que posibilitaría a los individuos desplegar sus potenciales de manera más o menos equitativa.

En el pastiche neoliberal argentino conviven Stolbizzer, Lopérfido, Avelluto, Monseñor Casareto y Cecilia Pando, por dar algunos nombres que indican ciertos perfiles subjetivos. Lopérfido y Avelluto encarnan una concepción elitista y burguesa de la cultura como elevación dominical o gragea que colorea el gris de la vida aburrida en las sociedades alienadas. Casareto se identifica con ese sentido lavado y superficial de la República equivalente a eficacia moral de las instituciones y transparencia. De Pando no vale la pena hablar.

Valga una aclaración: no es que la transparencia no deba ser una cualidad de los gobiernos populares. Es clarísimo Álvaro García Linera al respecto. Una política que apuesta a transformaciones radicales, a cambios profundos, no puede darse el lujo de la corrupción. Pero además, se supone que la transparencia es una condición de mínima, no una gesta épica. El problema es más bien inverso: la fetichización de la transparencia como sinónimo de Justicia, de Igualdad y de República que nos exoneraría de propiciar flujos capaces de invertir la relación ominosa entre minorías opulentas y mayorías desposeídas de casi todo.

El problema es suponer que la tan mentada y ansiada transparencia bastaría para liberarnos de las tareas del presente a la hora de construir nuevas formas de lo común. Para el gobierno de Cambiemos, lo común es el equivalente a “vivir juntos” y esto no es otra cosa que bajar la cabeza ante los atropellos permanentes de su gobierno a derechos conquistados a través de décadas de lucha, resistencia y vidas humanas. “Vivir juntos” es vivir en la colonialidad del poder de unos señoritos que se asemejan patéticamente al joven unitario de El matadero, de Esteban Echeverría.

Volver al mundo

El proyecto del gobierno de Cambiemos, a nueve meses de su asunción, se presenta como “volver al mundo”, devolverle al Estado su rol de acompañar a las empresas y no ser un obstáculo, de crear condiciones para los negocios y la inversión. Traducidos, todos esos eufemismos significan sólo esto: garantizar a las grandes empresas multinacionales, a los bancos sobre todo, una tasa de ganancia estándar, al precio de bajar salarios, devaluar, dejar trabajadores en la calle y limitar la protesta social si es preciso, con represión y con el uso de la cárcel para opositores. Es lo que se vio en el reciente Mini Davos, suerte de cumbre vernácula de la restauración conservadora más salvaje en la que una vez más, escuchamos al presidente recurrir a todo su repertorio de lugares comunes en esa dirección.

Mientras el señor Ni idea se dirigía a los supuestos inversores, Paolo Roca se despachaba desde el diario La Nación con la necesidad de bajar salarios y quitar derechos laborales para que vengan las inversiones. El “mundo” con el que sueña Cambiemos es el mundo en el que las mercancías fluyen libremente sin fronteras y junto a ellas las personas que pueden comprarlas. Fuera de ese mundo quedarían las mayorías que no tienen acceso a esa libertad en una condición práctica de semi esclavitud.

La alusión del ministro de Educación, Esteban Bullrich, a la campaña del desierto en una inauguración de una escuela en la Patagonia es otro botón de muestra de que tipo de herencia cultural y política encarna el gobierno nacional.  Sería para reírse si no causara escalofríos.

Civilización o barbarie

Frente a esto, la oposición (PJ FR) juega al opoficialismo o a la convivencia civilizada. Todos sabemos que pasa cuando se invoca el motivo de la civilización. En su nombre, en estas latitudes, se han perpetrado masacres y genocidios. Sergio Massa es la versión política de Macri. Si Cambiemos encarna al país atendido por sus dueños, eso que Jacques Rancière denomina archipolítica, el FR de Massa es la versión de lo mismo pero atendido por el sector dominado de la clase dominante; esto es, una corporación de políticos profesionales al servicio de los intereses de la acumulación de capital, maquillado con lenguaje político.

Tanto el PJ como el FR parecen haber licuado su identidad en el delta neoliberal en el que todas las aguas bajan turbias o todos los gatos son pardos. Que Marcos Peña tuviera que venir a Córdoba a decirle a Schiaretti que no son correligionarios es más que una señal, es casi un chiste de Peter Capusotto.

Hay un demos, hay un pueblo que hoy no consigue articular su discurso más que como ruido o estribillo de tribuna: vamos a volver. También sabemos de los efectos del negacionismo en la historia política de nuestro país. En su momento Eduardo Grüner anticipó los peligros del retorno trágico de lo reprimido.

En el lejano 2001 hay una memoria de los vencidos que supo tener en la última década su propia cita secreta entre generaciones. Cita que hizo estallar la temporalidad vacía del orden neoliberal, esa que dice: mañana estaremos mejor aunque hoy todo vaya peor para construirse un ahora de los derechos, en un tiempo de la política que siempre se declina en presente.

Para que ese ruido sea narrado como la historia de un nuevo bloque histórico es necesario que los dirigentes que el pueblo se elige para sí dejen de pensarse en la inmediatez de las “roscas” y puedan pensarse en el horizonte de una larga marcha popular. Es algo que los cuadros intelectuales de la derecha (think tanks), aprendieron hace mucho tiempo.

Guillermo Ricca
- Filósofo -