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La muerte de Maradona
Duelar al hijo de la lágrima
Por | Fotografía: Ilustración de Magalú
Foto: El féretro de Diego, rodeado de la bandera y las camisetas de sus equipos de fútbol.
Una mirada feminista sobre la desaparición física del máximo ídolo del fútbol argentino. De la pandemia a la maradonemia. El fervor, el éxtasis, los ocasos y el llanto del mundo como expresiones del amor incondicional de un pueblo. El silencio sobre sus deslices y la lealtad inquebrantable de una sociedad estafada desde siempre.
Publicada el en Reflexiones

Las feministas que lloramos a Diego lloramos por todos los fracasos del amor. Diego era amor en la cancha. Era amor por la camiseta. Y lloramos esos fracasos. También todos los que nos arrojó este 2020. Quien no ama el fútbol, quizás, no llegue nunca a comprender a qué se le llama “dejar todo en la cancha”. No es soberbia, es amor.

Es intentar comprender lo que otrxs más avezados ni siquiera saben explicar: porque el fútbol quizás ni siquiera tenga una explicación. Ni Fontanarrosa, ni Dolina, ni Bielsa, ni Messi van a poder acercar una explicación digna a quién a priori no se anima o permite mirar al fútbol como un fenómeno. Los fenómenos exceden al deporte. Se arremolinan e imponen. Discuten con el misterio y la efervescencia y perfilan así un aglomerado de ritmos, vientos y sonidos. Son, a veces, insondables.

¿Era perfecto el amor de Diego a la camiseta? No, era un amor posible. Imperfecto, hecho de miserias, de carencias, de broncas, de pobrezas cognitivas. ¿Era un amor sano? No. Probablemente era un amor desaforado. Desmesurado, que lo impulsó a hacer trampas. Muchas adentro y afuera de la cancha. Nos dio un clivaje importante: la mano de Dios y con ello el escrutinio moral sobre el juego honesto. Supera, a partir de esto, cualquier tipo de predicciones intrusas. Su actuación en México activa la argentinidad. Diego es aún Diego, es fe. Es fibra.

Pero nosotrxs queríamos más. Entonces se volvió desfachatado, audaz, bocón. Aplaudimos. Vitoreamos. Y se convirtió en el retador mundial de los poderosos. El insultador. Esa fue su agencia, que desplazó al jugador genio, que disimuló por momentos todos sus demonios. Todos sus tormentos.

De cobardes, nos escondimos detrás de él. Nos refugiamos siempre en la evocación. Le gastamos nosotrxs las piernas a él. Celebramos todos sus excesos. Todos. Lo narramos como un Dios, como un genio impune. Es, hasta hoy, un Jugador no definible. Un diferente. Un tipo distinto.

Ningún país lo ignoró. Ningún país pudo nombrar lo que él era. No existe palabra alguna de las que están a nuestro alance para definir a Diego. Entonces inventamos ese hibrido textual de D1OS.

Leyenda. Mito. Pibe de Oro. Jugador del mundo. Un rival difícil de mirar.

Con él hicimos lo que quisimos. No es redención, es algo de justicia para estos 60 años de vida intratable, inabordable. Ni sus restos pudimos despedir con equilibrio.

Por qué lloramos

Las feministas que lloramos a Diego lloramos porque ayer la muerte fue, una vez más, inapelable. Como siempre. Como son todas las muertes. Pero esta es quemazón. Ni siquiera es tristeza. Es ardor y destrucción. Sabemos que vendrán días de una reproducción infinita del iconoclasta. Habrá maradonemia.

Las feministas que lloramos a Diego lloramos porque se murió el único pibe pobre que logró mucho más que cualquier chico rico del mundo. Lloramos desde la clase, lloramos desde la raza. Primero desde el barrio y luego desde la academia. Lloramos siendo pañuelo verde.

Lloramos porque mientras Diego se enfiestaba con The Rollings Stones nuestras jodidas vidas mediocres permanecían grises, pero sin derrotas.  Lloramos ayer por la infancia que muere con él. Las alegrías que nos dio su zurda inédita permitieron que por algunos días nuestras familias vivieran alegrías que de otra manera no podrían acontecer. A lxs pobres no les suceden cosas felices siempre.

Nuestras casas eran oscuras y violentas. Pero la fotosíntesis del fútbol lograba los milagros: cesaba el dolor, cesaba el hostigamiento. Un golpe menos a nuestras madres. Lloramos, feministas verdes y con contradicciones, porque nunca ya Diego pedirá perdón. Lloramos desde la exclusión.

Las compañeras feministas que critican agudamente a Maradona nos lo recuerdan todo. Y nos lo discuten. Y nos ponen en la contradicción de “amar a un violento”. No, no amamos a un violento. Duelamos a Diego, que fue lo imposible.

Al Diego de "Live is Life", le sonreímos. Lo esperamos. Lo repetimos.

¿Quién acaso sabe qué muerto estamos llorando cuando lloramos a Diego? ¿Quién puede hoy auditar los velorios de cada unx?

Para quienes, con el pan casero en la mano, se regodean porque "las feministas estamos enfrentándonos por Maradona", podemos decirles todas juntas que el feminismo está hecho de contradicciones, discusiones y también mucha participación política. Y Maradona es político y política.

Lo sagrado

Todas las tapas que "Mujeres que no fueron Tapa" reúnen, muestran y denuncian, son parte de ese hombre turbulento, huracanado y cruel que sólo respetó a una sola mujer: su madre. En Maradona podemos leer todas las claves del heteropatriarcado: la única mujer digna y santa es la madre. El resto de sus compañeras han sido brutalmente avergonzadas.

La policía sentimental y emocional no es parte de la ética feminista: sentirse felices con el triunfo del ´86, con los momentos épicos del inigualable "marciano" de Fiorito, es una de las tantas posibilidades. Estar atrapada en la duda, la tristeza y el desprecio cabe también para nosotras. En los sentipensares feministas residen las dos visiones de esta muerte, de estos funerales y de esta plaza reprimida. Podemos, queremos y así lo hacemos. Nos permitimos sentir y pensar desde las cuatro esquinas, desplazarnos por todo el cuadrilátero y vibrar con la voz de todxs los que hicieron y hacen de Pelusa un dios o un demonio. Es acaso la prensa patriarcal y machista quien forjó amores, odios y clamores sobre Diego para el mundo entero. Lo hicieron antes que nosotras, que nuestras letras y pañuelos.

Hay un Maradona que nos acorraló, nos humilló y nos golpeó. Y hay otro, el Diego, que nos hizo creer que Argentina recuperaba, con el título de campeón del mundo, su honor frente al planeta. Habíamos inventado la picana y los centros clandestinos de detención más rudos del cono sur. Libramos una guerra miserable. Olíamos mal. Éramos la basura de América Latina. Y necesitábamos un redentor. Un vengador. Un justiciero. Llegó Diego, su pecho inflado contra el viento, los rulos esponjosos. El himno volvió a sonar bonito. Sus piernas morrudas nos hicieron olvidar su hambre. Y su capitanía, el nuestro.

Necesitábamos un dios. Y creamos a Maradona. Nosotrxs, los medios, el Nápoles, los Coppola, el Barcelona, lxs hinchas, el museo, los y las músicas, la Claudia. Las pieles. Con Valeria Lynch le pedíamos Más. Que nos diera Cada día más. Y llegó el Maradona del espectáculo. El que baleó a los periodistas. El que sentía que sus compañeras eran su patrimonio y el que decidía hasta qué y cuándo podían rehacer su vida. Lxs hijxs "extra oficiales" que se convirtieron en producto. En tapas. En la "mala ortografía" de los textos maradonianos.

Quienes leemos este fenómeno desde la interseccionalidad sabemos que aquella invisivilización y expulsión de sus hijxs fue lo más desgraciado de su vida madura y descontrolada. Declaraciones violentas. Invitación a "seguirla chupando", ninguneos sistemáticos a las madres de sus hijxs. Y otra vez el más brutal patriarcado representado en un hijo sano del peor machismo cultural: el que nace del negocio del fútbol.

Piernas desgastadas, cuerpo atormentado por las drogas, días borrachos. Días infernales. Días de gran soledad. Otra vez la violencia. Hacia todos. Hacia él. Victimario. Víctima. Brillante y opaco. Vértigo y reposo. Museológico y meme.

Maradona sólo era rentable siendo Maradona. Siendo macho. Gritando a cámara. Acumulando mujeres. Bajándose los pantalones. Exigiendo a los presidentes más poderosos que hagan algo con la deuda impagable. Maradona facturaba siendo Maradona, un trabajo 24 horas que, para ser creativo, necesitó, década tras década, de más transgresiones.

Derrotas

Lloro junto a mis amigos, amigas y mi madre. Que no tuvo más alegría en los ´80 que ése mundial. La primavera alfonsinista duró un suspiro. En cambio, lo de Diego fue eterno.

Nos vemos juntas haciendo cábalas. Es Italia. Hay cada vez más exuberancia en la vida de Diego. Hay odio en su rostro cuando entona el himno y se lo escupen en la cara. Ahí, para quien escribe estas precarias líneas, arranca el Maradona de las mil vidas y las páginas policiales. No soporta la derrota. Nadie lo sostiene. Un puesto dos no alcanza a este país ansioso, devorador, indultante de genocidas. Pedimos más. No hay más Diego. Aparece el producto más perfecto: un hombre que promete vengarnos en el ´94 de todo y de todos. Del destino maldito. De nuestra inercia, de la fragilidad que significa habitar el sur del sur.

Hay desastres en su vida. Provoca daño. Se destruye de a poco. Le vemos caer y filmamos. Aplaudimos. Consumimos las denuncias de sus hijxs parios. Estamos enfermos de exitismo. La canción “Noche mágica” no deja de perseguirnos. Sudamos. Maradona se desdibuja. La“enfermera maldita”. No. No. No puede ser cierto. Rezamos. Dependemos todxs de él. Todxs.

Le damos un lugar que lo desborda. Que lo empalaga. Que no lo quiere. Nos volvemos adictos a él. No tiene respiro. La videopolítica se lo traga. No, Diego. No vayas. Maradona se deslumbra con los colores de la psicodelia. Entra, muy profundo. No sale. Diego no respira. Maradona factura. ¿A quién le rezamos ahora?

Aparece Messi. Maradona se reinventa. Lo matamos otra vez. Ataja todos los penales que son para Messi. Lo defiende. Lo salva. Nene andate.

Es el portero de los indefensos. Y es el violento patriarca que llora como niño la muerte de la Tota. El centro mira lo andro, nosotrxs buscamos mirar las periferias que lo hicieron Maradona: hijo de la villa y de la noche; el quinto de ocho hijxs, el padre de todxs y de nadie; el Midas confundido por la velocidad de los tiempos; el no invitado; el ya no venerado. Abuelo y tiktonero. Maradona pasó a ser farándula. Y la mercadotecnia, que es violenta en sus simbologías y en sus medios, le reclamaba sangre, desbordes, fiestas, shows. Su adicción se desplaza a ser eje y centro; punto de apoyo para mover el mundo; todos los mundos. No puede. Se autoexplota. Fuma todo. Baila menos. Libra batallas. Su ego necesita inventar batallas. Le enseñamos eso. Le educamos en eso.

Y el mundo se paraliza. El fanatismo se vuelve creativo. Las grietas. Y un pueblo atormentado se desfibrila. Lo perdemos todo. Todo. Todo. Así de dramático. Así de tango, pueblo, barro, rancho, Armani, Lanús, la herencia, la pelota que no se mancha. Y otra vez, nos quedan los feminismos para pensarlo todo. Mirar las fotos de lxs fieles que se desgarran. Ver la Casa Rosada latiendo dolor, controversia, velando con honores populares el sueño de Fiorito que llevamos al abismo. Vemos a nuestras hermanas tatuadas fútbol: gritan para que Diego las escuche y sostenga al compañero que en pandemia lo perdió todo. Hay una mujer abrazada a un mural del Diego con arito. Sus rosarios están enredados en sus dedos para no enloquecer. Es un país más sólo, más vacilante. Y aparecen las letras feministas para comprender y mirar en el Diego la interseccionalidad y el país que inventó a Maradona.

Leila Torres
- Periodista -