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La muerte de Carlos Menem
Un legado innombrable
Foto: Carlos Menem fue tres veces gobernador de La Rioja y dos veces presidente de Argentina.
El ex presidente falleció el domingo, a los 90 años. Alberto Fernández decretó dos días de duelo y Cristina presidió el velatorio con todos los honores en el Congreso Nacional, pero la escasa concurrencia de gente marcó una despedida indiferente para el hombre que más tiempo estuvo en la cúspide del poder político argentino.
Publicada el en Crónicas

Murió Carlos Saúl Menem, el ex presidente por una década, la del ´90. El hombre que nunca perdió una elección, aunque luego se popularizara el “yo no lo voté”. Como el General Paz en el siglo XIX, nunca perdió una batalla, en este caso electoral. Muchos, la mitad del país, más de una vez lo votó. Una cosa era en el ´89 y otra en el ´95. Porque en su candidatura inaugural a la presidencia aparecía con patillas a lo Facundo Quiroga, encarnando el interior profundo retratado en la figura del Tigre de los Llanos.

No pasamos el primer párrafo y ya nombramos al General Paz y a Facundo Quiroga, dos enemigos en épocas de la primigenia organización nacional hecha a los tumbos, entre victorias y derrotas de federales y unitarios.

Carlos Menem pretendió que ya no había razones para los enfrentamientos entre modelos antagónicos de país, lo que significaba por lo menos dos cosas: la disolución completa de la ideología política y la administración de la economía real al arbitrio de los monetaristas de la Escuela de Chicago.  

¿Por qué el menemismo no trascendió a la persona de Carlos Saúl Menem? Probablemente porque no postuló banderas dignas de levantarse, ideas de comunidad política organizada tras algún ideal trascendente, de alguna forma perdurable. Su figura encarnó el sometimiento alevoso de la política a los poderes económicos, al punto de ceder la economía del país a los gerentes de Bunge y Born. Ya no sería una negociación, un tira y afloje entre el poder político y los grupos económicos. Si hasta Martínez de Hoz se sorprendería gratamente al constatar que este líder demócrata pudo avanzar más que la nefasta dictadura militar en la reforma del Estado.

La derrota y sumisión de la política conllevó a la existencia de una democracia con desigualdad social creciente y cristalizada. Usted me votó, jódase, tituló la inolvidable revista Humor.

Menem encarnó el liderazgo de un PJ que aplicó el programa de la UCEDE, incorporando a su gobierno a los Alsogaray y a Adelina DÁlessio de Viola. Más o menos como si hoy el presidente Alberto Fernández sumara a su gobierno a José Luis Espert y Milei.

Menem dejó de lado todo maridaje con la memoria del peronismo originario, el del Estado de bienestar, la intervención económica y la justicia social.

Una sociedad muy sufrida, que había vivido la incertidumbre de la hiperinflación alfonsinista lo votó y el hombre le dio una década de estabilidad económica. Pulverizó la inflación, hay que decirlo. De hecho, durante su gobierno no hubo paritarias porque se volvieron casi un sinsentido en ese acuerdo social congelado entre precios y salarios. Los salarios no subían, los precios tampoco. La estabilidad. Un peso, un dólar. Viajar a Miami y comprar la aspiradora importada en cuotas.

La sombra terrible de la hiperinflación y las bondades de la convertibilidad hizo que se barriera bajo la alfombra la situación de los nuevos excluidos de un modelo sostenido por el endeudamiento externo, con un tipo de cambio alto y apertura económica, que conllevó a la caída industrial y el crecimiento del desempleo.

El gobierno de Menem vendió las joyas de la abuela y mientras duró fue la tapa el ostentoso consumo y la frivolidad en las revistas Gente, Caras, o la Ferrari tripulada por el jefe llegando en dos horas y media a Pinamar.

La Ley de Reforma del Estado fue en realidad su enajenación casi completa: Entel, Somisa, YPF, Aerolíneas, SEGBA, todo lo que se pudiera vender se vendió. Con un diputado trucho brindando quórum, las formas no importaban. Los trabajadores despedidos se pusieron un kiosco con la indemnización, otros lanzaron pequeños emprendimientos que compitieron entre ellos hasta cerrar, sin horizontes en un mercado interno contraído y sin ningún estímulo a la demanda de productos nacionales.

El uno a uno

Si hablabas contra la convertibilidad no te votaba nadie, ni en 1995 ni en 1999. La estabilidad no se toca, era el nombre del acuerdo social pendiendo de un hilo en su base material, una vez agotadas las reservas monetarias que habían dejado la enajenación de los bienes del Estado.

Menem logró que sus partidarios y detractores no impugnaran el modelo económico. Las críticas se referían a casos sonados de corrupción desfachatada, que ni siquiera se preocupaban de disimular sus protagonistas, formando parte de un sentido común que contribuyó a enajenar los valores sociales.

Pero por más que no fuera impugnado por casi nadie, el modelo económico terminó cayendo por su propio peso, aunque ya en el gobierno de Fernando De La Rúa, en 2001. Si bien el impacto de ese colapso estalló en las manos del presidente radical, la erosión de la figura de Menem fue también visible. Como también la del padre de la criatura, Domingo Felipe Cavallo.

El modelo nos había sacado de los saqueos de supermercado de la hiperinflación, de la anomia social del sálvese quien pueda para volver al mismo lugar doce años después, incluso peor. Con una devastación social mucho mayor y una impugnación de raíz de la sociedad a la clase política como casi nunca se había visto. Que se vayan todos, y nadie lo precisó en la consigna, pero Menem aparecía en el lugar de los que debían irse.

Renunció De la Rúa, llegó la presidencia de transición de Duhalde y Menem triunfó en la elección del 2003, pero con un escaso 24 por ciento de los votos. Predominaba su imagen negativa de cara a la segunda vuelta y entonces el renovador del peronismo que le ganó a Antonio Cafiero la interna en 1988 perdería por abandono con la nueva cara del peronismo en el 2003: Néstor Kirchner.

En 2002 participé en algunas reuniones de una agrupación peronista en unidades básicas en los barrios de San Telmo y Congreso. El país se debatía en el modo de salir del atolladero de una situación social desmadrada por la caída de la economía y gran parte de la sociedad a la pobreza. Apoyadas contra la pared de la unidad básica se veían sillas y una sombrilla con una leyenda desteñida por el paso del tiempo: Menem 95. Uno comentó, risueñamente: “Hay que hacerse cargo de que en el ´95 llamamos a votar a Menem”. La sola existencia de esos objetos ahí funcionaba como una invitación casi inexcusable a la autocrítica.   

¿Por qué ese legado incómodo y que a veces se quiere ocultar? ¿Qué hay de innombrable en esa herencia? La traición a los valores tradicionales del peronismo, entre otras cosas. Pueden encontrarse fotos de Menem con todos los cuadros orgánicos del peronismo que lo sucedieron desde ese espacio político, muchos de los cuales terminaron renegando de ese pasado o de sus políticas. Como una especie de objeto desacralizado y pagano, en cierto tiempo se popularizó que repetir el nombre del presidente traía mala suerte. Que nombrarlo era yeta, con la dificultad adicional de que su apellido no podía decirse al revés. Innombrable e inevitable hasta para aprobar leyes de los gobiernos que lo sucedieron.

Como un acuerdo tácito, la Argentina decidió reelegir en 1995 a esa figura incómoda años después, para pagar la licuadora, para viajar a Miami, para comprar a veces una casa o por lo que fuera. Ya se había esfumado la promesa del salariazo y la revolución productiva de la primera campaña electoral. Motivaciones de índole individual, hedonista, de continuidad del congelamiento social de cada uno donde está. Eso también era la estabilidad. “Siempre hubo pobres”, dijo un día Menem. La política se divorciaba del objetivo de la justicia social de forma explícita. Con la democracia no siempre se come, no siempre se educa, ni se cura.

Vendió las joyas de la abuela y el alma al diablo. Nos abrió al mundo entregando el mercado interno y la industria nacional. Abrirse de gambas económicamente y para las relaciones carnales, subordinación impuesta, deuda multiplicada. Signos de lo que se venía hubo algunos. Los piquetes de desocupados, el Perro Santillán y Norma Plá, la abanderada digna de los jubilados postergados. Trepándose al Congreso para que la pudiera ver la política de la frivolidad, que les había cerrado la puerta a muchos.

Pronto se advirtió que la dulce década de la convertibilidad no había sido gratis. Cuando aparecían esos emergentes incómodos, la gente explicaba: yo no lo voté. Como si hubiera habido un acuerdo social para votar lo malo conocido, pero inevitable. Un tiempo que muchos votaron en silencio, sin reivindicarlo, una elección casi resignada del ganador. Porque Menem no creó militantes, sino un poder personal, con cierto carisma, chequera, pizza y champagne. El poder como disfrute, como goce, no como carga o responsabilidad.

Se había caído el muro, Fukuyama había decretado el fin de la historia con el triunfo del capitalismo global y no valía la pena ya discutir de ideologías. Política y espectáculo. Pero para Menem, la política (como él la entendía) no tenía ya la capacidad de enamorar a las multitudes. En ese sentido, promovió figuras del deporte y la cultura como motonautas, cantantes, pilotos de fórmula uno que aparecían más atractivos que los insípidos cuadros políticos de lo previsible.

Diez años después bajó la espuma de la cerveza y, puestos a hacer un balance, su herencia es casi vergonzante, ocultable, un legado incómodo que nadie reconoce como propio, aunque fuera parte indudable del país. Porque a Menem la sociedad lo tenía adentro como un objeto indeseable pero necesario. Incómodo. Innombrable.

Sebastián Giménez
- Escritor -