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¿Crisis o consolidación del capitalismo?
Pandemia y educación
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Los que no se preocupan por la educación la utilizan políticamente porque es un mecanismo más de sometimiento. Cualquier intento de promover el pensamiento crítico más allá de lo aceptado por el discurso dominante se convierte en ideología y se tilda de “político”.
Publicada el en Reflexiones

La pandemia ha expuesto las miserias del sistema capitalista en una forma más cruda. La pobreza creciente, las desigualdades, los riesgos y el poco valor que tiene vida de los trabajadores en este sistema económico.

Ha surgido la discusión de la posibilidad de un cambio rotundo, o incluso la caída del capitalismo. Diversos reconocidos filósofos han discutido estas posibilidades.

El capitalismo es un sistema intrínsecamente inmoral y va en contra de la vida humana. En el sentido que, como sistema socio económico, ejerce un control sobre las posibilidades humanas, somete a las mayorías afectando las capacidades del ser humano. Es lógico que ante la tragedia de una pandemia que se lleva la vida de millones de personas quede aún más en evidencia la contradicción fundamental de este sistema: la producción capitalista está reñida indefectiblemente con el carácter humano.

Por si hace falta aclararlo, el sistema demarca, limita y recorta la naturaleza humana. Esta se ven extirpada al someterse al sistema de producción vigente. Ocurre una alienación. El ser humano incompleto. Seres objeto, seres mercancía, seres consumidores que venden las horas de su vida a mayor o menor valor a una clase, no solo a una empresa, a una fábrica o a una app, sino a una clase propietaria de medios de producción. Dueña, heredera, probablemente propietarios de manera legal bajo el sistema vigente, pero inmoral en el sentido del origen de las desigualdades.

Como lo explica Marx: “el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer.” Y allí, la historia de acumulación del capital en unas pocas manos mientras otros despojados solo tienen para ofrecer su fuerza de trabajo, se conforma de robos, apropiaciones violentas, conquista y repartición de tierras hasta negociados con los Estados.1

La imposibilidad de reconciliar la protección de la vida y el sistema de producción capitalista ha quedado brutalmente en evidencia. En muchos casos alentado por los propios trabajadores-víctimas, que necesitan trabajar.

Una consecuencia del sistema alienante en que el trabajo ya no es fruto de las capacidades humanas, una realización del ser humano en que se expresa su humanidad, su autorrealización y su libertad, sino que se ha convertido en la manera en que la gran masa obrera asalariada, vendiendo su tiempo de vida y su fuerza de trabajo, logra subsistir, a la vez que se acumulan riquezas en la clase propietaria.

Y peor aún es la situación de aquellos que, en los márgenes del sistema, vive en la precarización y la informalidad.

Lo dicho, el sistema expone su brutalidad en tiempos de pandemia.

En el medio hay un factor psicológico que no puede dejarse de lado. La necesidad de retornar a la normalidad como única salida a cambios y crisis que implican recuperar las coordenadas del sistema imperante. Costumbre y sometimiento.

¿Nueva “normalidad”?

La salida a un proceso extraordinario en la historia humana, una crisis mundial de tal envergadura, podría ser también una nueva normalidad superadora de la anterior. En la que esta superación signifique un cambio en el orden de las relaciones imperantes en el sistema de explotación, dominación cultural y espiritual que significa el capitalismo.

En ese marco es posible analizar los hechos en torno a la presencialidad en las escuelas en pandemia con pico de casos. La miseria espiritual del niño proletario, al decir de Marx, es la limitación impuesta por el sistema de educación (burgués) para perpetuar una clase sometida. Ante esto ¿Por qué no reflexionar sobre los mecanismos educativos? ¿Por qué no cambiar las “coordenadas”? ¿Por qué no buscar, a partir de los propios trabajadores y trabajadoras, un nuevo sistema educativo que exponga las contradicciones de producción capitalista (padres a sus trabajos, niños al sistema fabril de educación) y las consecuencias que trae para ellos?

Los que no se preocupan por la educación -ni por ésta ni por ninguna otra- la utilizan políticamente porque es, a la vez, un mecanismo más de sometimiento. Obligar a los docentes a poner en juego la vida. La producción de trabajadores que continuarán el ciclo de reproducción capitalista impera sobre las vidas. 

El desafío es transformar esto que tenemos en un sistema que eduque, forme y sensibilice a los niños, niñas y jóvenes sobre la sociedad en la que están inmersos y reflexionen la forma de romper el círculo al que estamos condenados: la producción de trabajadores, de hombres y mujeres-mercancía.

En esta sociedad de clases, la educación es una relación social y, en el capitalismo, la relación imperante es de explotación. Y no sorprende, más allá de algunos trabajadores desorientados, que buena parte de los que exigen clases presenciales son los favorecidos por la fábrica de mercancías humanas que propone el sistema educativo burgués.

La educación en las bocas de medios dominantes y en la consecuente construcción de sentido es una educación inerte y aislada de todo. Una etapa absoluta, definitiva e irremplazable. Y en la que cualquier intento de promover el pensamiento crítico más allá de lo aceptado por el discurso dominante se convierte en ideología o “política” a secas. En la misma educación donde todavía persisten escuelas donde se enseña religión o que se produce en establecimientos de pertenencia religiosa.

Pero la educación no puede separarse de su contexto. En sí mismo, el proceso educativo no significa nada. La educación no es neutral, no está desprovista de intenciones. ¿Por qué se dice una cosa y no otra? ¿Por qué hay escuelas religiosas? ¿A quién es útil el sistema tal cual está hoy en día?

Hay un carácter dual en la educación: revolucionaria y conservadora. En esa dinámica hay que entender las posibilidades que tienen para cuestionar los sistemas de creencias construidos en interacción social, tan pregonados en los medios hasta la náusea y el eco de los alienados (productos de aquella educación) que adhieren al carácter conservador que necesita el sistema para no ser cuestionado.

Romper el círculo de dominación tiene que comenzar en algún lugar. No sé cuál será. Pero es necesario tener en cuenta que una opción es terminar con la pobreza espiritual de la clase dominada, en medio de un sistema capitalista mucho más sofisticado, con mecanismos de sometimiento a través del entretenimiento y las tecnologías, que anestesian aún más las capacidades contestatarias de la juventud y la incomodidad de tantos trabajadores y trabajadoras en un sistema bien maquillado pero vetusto. Quizá deba hacerse allí donde ocurre el proceso educativo que reúne a trabajadores e hijos de trabajadores.

La educación puede ser un lugar de dominación o lugar de contestación. Más aun en tiempos anormales donde se insiste, desde el poder, en una normalidad que somete doblemente a los docentes.  Allí puede habitar la necesidad de los mismos trabajadores de encontrar una perspectiva superadora; que cuestionen el poder, que entienda las relaciones de dominación y se pueda actuar en consecuencia.

Mis respetos a todos los trabajadores que cada día afrontan este desafío.

Notas:

1.Para ver más sobre este tema: Marx, K. 1844: Manuscritos económicos-filosóficos; Rincón y Cortés: Marx y Weber: el ethos de la burguesía y los orígenes del capitalismo moderno (Desafíos, vol. 32, núm. 2, 2020) y Loubet Orozco, Roxana: Del pensamiento de Marx acerca de la educación (Arenas, 17(42), enero-abril, Universidad Autónoma de Sinaloa, pp. 55-63).

Emiliano Salvucci
- Microbiólogo -