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Proyecto Artigas
Casa tomada
Foto: La toma pacífica de la quinta de los Etchevehere puso en discusión la propiedad de la tierra.
El autor de esta nota participó de la ocupación pacífica de la estancia Casa Nueva, propiedad de la familia Etchevehere. A un año de aquellos hechos que acapararon la atención del país, una reflexión necesaria sobre los sueños colectivos y la propiedad de la tierra.
Publicada el en Crónicas

El sol de la mañana del 15 de octubre nos encontró manejando por la ruta que atraviesa Santa Fe hasta llegar a Entre Ríos. Tras siete horas de viaje, cincuenta personas ingresamos por el acceso principal de la Estancia Casa Nueva (Santa Elena) en una caravana de doce vehículos. Nadie nos detuvo ni nos impidió el paso. Al fin y al cabo, esa estancia es una de las tantas propiedades sin habitar que concentra la familia Etchevehere. El contexto nacional era complejo y crecía la indignación fomentada por sectores de la oposición que alentaban el incumplimiento de las medidas sanitarias contra el Covid19. Bajo la generosa sombra de un árbol en el patio interno de la casa, nos congregamos quienes acudimos al llamado de la noble causa del Proyecto Artigas. Veníamos de varias provincias: Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, La Pampa, Santiago del Estero, Corrientes. Alentados por la entereza de una mujer admirable (Dolores Etchevehere) y la inspiración del legado del caudillo federal, iniciamos una batalla de final incierto. Durante catorce días ocupamos pacíficamente las instalaciones de la estancia donde se criaron los Etchevehere, una ostentosa familia constituida sobre la ambición desmesurada y generoso prontuario y estrechos vínculos con la última dictadura cívico militar, al punto que la hija de Alberto Rodriguez Varela -ministro de Justicia del dictador Jorge Rafael Videla- está casada con Manuel Etchevehere, el hermano menor de Dolores.

Fueron días y noches de mucha tensión, producto del aislamiento que impuso el ex ministro de Agricultura Luis Miguel Etchevehere junto a sus adláteres de la Sociedad Rural y el PRO. Las negociaciones por arriba, los comentarios por abajo, las opiniones de afuera, las acciones de adentro, lo aprendido, lo perdido, la experiencia individual, el saldo colectivo.

El apoyo que nos hicieron llegar desde otras provincias y países fue combustible para el alma. Quienes nos dispusimos a acompañar el reclamo de Dolores, dentro y fuera de la estancia, nos solidarizamos con una mujer nacida en una de las familias más ricas del país que, paradójicamente, no tenía un hogar para sus hijos; una mujer estafada por sus propios hermanos. Así como generamos empatía con su lucha, ella entendió la realidad de miles sin acceso a tierra, techo y trabajo. Generosa, quiso compartir su herencia con el pueblo pobre. El relato patriarcal, tan permeable en los medios hegemónicos, la presentó ante la opinión pública como una pobre mujer manipulada por Juan Grabois.

Ese año, en CABA, se hicieron dos marchas distintas para conmemorar el 17 de octubre. Una virtual y otra presencial. Quienes entramos a la quinta de los Etchevehere quebramos la forzada inacción pandémica de la coyuntura nacional. La agenda hegemónica penduló entre el valor del dólar, el derecho a la propiedad privada y la supuesta obsolescencia de nuestro  planteo de una reforma agraria. Por primera vez en años se resquebrajó el pacto de poder entre ambos lados de la grieta: ver a Grabois marchando junto a los excluidos a las puertas del predio de la SRA de Palermo y escuchar sus palabras desde Casa Nueva fue uno de los momentos más emotivos de mi vida.

A quienes estuvimos esas semanas dentro del campo de los Etchevehere no nos molestó tanto el ruido de los oligarcas como el silencio de la dirigencia “compañera” de otras organizaciones sociales. El contraste fue notorio con el decidido apoyo recibido por parte de la militancia de base, que se sintió interpelada por nuestra acción. El Proyecto Artigas catalizó la bronca generada por tantos años de impunidad del poder real, por la soberbia de familias intocables por la Justicia. Por aquellos días decíamos que la historia nos revelaría si era el momento adecuado o había que esperar a que cayeran del cielo las célebres “condiciones objetivas”. Todavía nos cuesta entender que haya compañeros y compañeras que sigan alimentando la ingenuidad de no asumir quién es el enemigo.

A un año de la toma pacífica hay preguntas que todavía me inquietan. Sabemos que la Justicia no nos pudo echar inicialmente porque Dolores es heredera directa de Luis Félix Etchevehere. ¿Pero qué hubiera pasado si hubiésemos tenido el apoyo del gobierno nacional? ¿Qué bando salió fortalecido de aquella batalla? ¿Qué tan lejos estuvimos de torcerle el brazo a la Sociedad Rural? ¿Por qué desalojaron las tomas en Guernica y Santa Elena el mismo día?

Nuestra inspiración fue la lucha contra la injusticia, la restitución de tierras a la escuela agrotécnica que les sustrajo Luis Miguel Etchevehere, la reparación de la memoria histórica del pueblo laburante de Santa Elena, víctima de la usura y los aprietes de los dueños del poder.

Queríamos construir un modelo productivo agroecológico en una de las provincias más afectadas por los agroquímicos cancerígenos, integrar a ese proceso virtuoso a las familias rurales que necesitan un lugar donde vivir y trabajar, impulsar un proyecto agrario de economía popular para que en Entre Ríos hubiera alimentos sanos a un precio justo en tierras que permanecieron ociosas durante décadas. ¿Tan irracional suena?

Por aquella tranquera salimos treinta y tres militantes. Nunca un viaje de regreso a casa fue tan agotador. Nos turnamos para darle charla al chofer. Estuvimos dispuestos a todo, con la sensatez de reconocer que en ese momento debíamos dar un paso atrás y la certeza de que la próxima vez irrumpiríamos con más fuerza.

De un lado hubo planes, horas de vigilia, comidas compartidas, sueño acumulado, satisfacción por la entrega, determinación, esperanza, futuro; del otro hubo miseria, secretos, soberbia, poder, negación al pueblo, tierra acumulada, pasado, seguridad. De un lado las élites; del otro, las masas. Fue un octubre difícil de olvidar.

Yael Ardiles
- Editor general de El Sur. -