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Democracia y soberanía
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Foto: La conmemoración de los 38 años de democracia debe llamarnos a la reflexión sobre las cuentas pendientes con el pueblo.
Del acto multitudinario en Plaza de Mayo por los 38 años de la recuperación de la democracia a la conmemoración de las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001. ¿Cuáles son las cuentas pendientes de nuestra democracia?
Publicada el en Reflexiones

“Donde se está bien, allí es la Patria”. Con esta categórica síntesis daba forma a la noción de patriotismo que pregonaba hace poco más de dos mil años Marco Tulio Cicerón, el amor a la madre común de todos: la Patria, en su versión republicana. Patria como lugar donde nos encontramos bien, como sentimiento superior de afecto y bienestar, “donde el placer abunda”, aseguraba Cicerón. De ahí nuestra incómoda pregunta: ¿Argentina es una patria de todos o solo de algunos? ¿Los argentinos nos sentimos dichosos en estas tierras de tribulaciones y tremenda desigualdad?

No somos un país donde la felicidad abunde, ni un lugar donde nos sintamos bien, no al menos los que vivimos con necesidades básicas insatisfechas de tierra, techo, trabajo y #NiUnaMenos. Somos una patria que si pide paciencia, induce credulidad como puede y exige lealtad a algo que no palpamos cotidianamente. Nos frustramos al ver demagogia, corrupción, escasez o desaprensivos gobernando, que sólo sostienen sus privilegiadas vidas.

Si el nacionalismo vociferaba “por los altares y por los hogares” para disciplinar la pertenencia a la patria y diferenciarse de “lo otro”, en un intento de polarización frente a lo extranjero (del comunismo a los pueblos originarios), en nuestros días esa afección tiene rostro de funciones estadísticas y abusa de la sobrepolitización, donde los calculadores profesionales recomiendan esperar y la mala gestión de los gobiernos se excusa en la “herencia”, la “coyuntura” o los “nuevos desafíos”. Todos los años hay nuevos desafíos para la militancia que sustenta los proyectos gobernantes aunque los viejos no se hayan resuelto, algo parecido a la zanahoria delante del burro. ¿Dónde es nuestra patria entonces?

Permítasenos decir que en esa mezcolanza ridícula sin forma llamada cosmopolitismo o porteñismo, no. Nunca hubo tanta libertad de expresión y, paradójicamente, ésta se encuentra amenazada como hace muchos años no lo estaba. Tenemos más información disponible, mejores herramientas y recursos técnicos. Sin embargo, los problemas estructurales de la Argentina se siguen profundizando. ¿Es que acaso nos vestimos con una democracia liberal que calzaba bien para Europa o los Estados Unidos sin darnos cuenta?

El discurso de la corrección política tiene una enorme debilidad para persuadir, esencialmente porque no es correcto: lo que enuncia no se condice con la realidad que atravesamos. Los discursos que cuestionan lo que pensamos nos ponen en crisis y nadie goza al vivir en crisis. Por el contrario, los discursos que respaldan lo que creemos nos dan sentido de seguridad, es una tentación irresistible para el pueblo que no tiene tiempo de tomar lecciones de macroeconomía porque no llega a fin de mes.

Noticias de ayer

Democracia para siempre no puede equipararse al culto a la insensatez, la traición o el preeminente orgullo de sangre extranjera. La política es el único poder de los que no tienen poder. Los más vulnerables necesitan de la política para no seguir perdiendo, para no perder definitivamente y, lastimosamente, la política no está gestionando la complejidad del mundo que vivimos.

Sabemos que nuestra democracia es débil porque se forjó en los hornos de una dictadura militar. Por este motivo nuestra democracia a la fuerza está rindiendo cuentas frente a la mega estafa del FMI otra vez. No por ello hay que borrar de un plumazo los logros de nuestra democracia derrotada. En ella tenemos que aprender a construir la fuerza que nos permita saldar deudas con nuestros hermanos pobres. La fuerza en democracia nos tiene que habilitar la posibilidad de sentirnos bien haciendo patria, estar a gusto con nuestro sentido de entrega al bienestar común, que es enfrentar todo lo que impide desarrollarnos como nación soberana.

Es entendible que el disgusto y la rabia que deriva de ello acerquen las críticas hacia la negación de plano más que a la superación del estado actual. Sobre todo cuando el día nueve, anterior al festejo en Plaza de Mayo, nos enteramos que la policía bonaerense mató a Luciano Olivera en un caso de gatillo fácil y posteriormente reprimió a la familia y allegados que protestaron frente a la comisaría.

Probablemente los destellos del 2001 volverán a prender el entusiasmo de manera espontánea en la militancia que tiene presente aquella historia. Pensar que una vez sacamos a los corruptos y lo podemos volver a hacer. Pero el sistema político cambió las formas de hace 20 años, la capacidad de gobernabilidad acentuada en la reconstrucción de legitimidad, en el endeudamiento que gestiona otra administración y circulación de la vida, en las redes sociales que, por cierto, (y para hacer un poco de justicia) no tienen la responsabilidad de que hayamos confiado en escenarios duraderos de ausencia de conflictos y antagonismos.

Es sabido que el poder que antes configuraba realidades más o menos estables y se desplazaba por medio de los grandes dadores de sentido común -la iglesia, el sindicato, la escuela y el partido político- hoy está fragmentado y se ve diluido frente a la nueva organización de masas de los ciudadanos. En este sentido, el mito peronista de “la defensa nacional frente al extranjero que viene a robarnos” no es política pública en ningún partido gobernante de la actualidad. Diferente puede ser la narrativa de federalismo que levantan algunas provincias frente al porteñismo inoperante.

Por las escalinatas de nuestra honorable gesta de liberación continental treparon personajes funestos que cuestionan incisivamente la integración de los pueblos al día de hoy. Judas de saco y corbata que logran adaptarse a la mediatización de una élite política que tiene marcadas tensiones internas, pero que cuando el pueblo aprieta por abajo o las finanzas por arriba, cierran filas. Estamos a la defensiva y sin un mito que irradie valores, una vía para encauzar la acción política y generar aspiraciones más elevadas en nuestra patria, que deseamos profundamente democrática y soberana.

Yael Ardiles
- Editor general de El Sur. -