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Queríamos tanto a Chicha
Por | Fotografía: Nerina Bertola
Foto: Laureano Barrera durante la presentación de su libro en Río Cuarto.
La opera prima de Laureano Barrera traza una conmovedora semblanza de la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.
Publicada el en Libros

La casa de la calle 30 es el primer libro del joven periodista Laureano Barrera que, auguramos, no será el último. De temprana vocación por contar historias y un ajetreado recorrido por distintas redacciones de un  país que parece empeñarse en su autodestrucción –impulso tanático al que el periodismo no es ajeno-, Laureano trabajó en Miradas al Sur, Cosecha Roja, Tiempo Argentino, THC, Rumbos, Gatopardo, Crisis, La Pulseada -donde, dice, “trabaja gente muy copada”-, es editor de Perycia, una agencia especializada en periodismo judicial y docente de periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. Sobreviviente de tres despidos masivos producidos en distintos años pares en su vida profesional, eligió desafiar al destino para dar a conocer en este intenso 2020 su opera prima, una conmovedora semblanza de una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, “Chicha” Mariani.

El texto fluye con la naturalidad de un relato oral, pero no de cualquier relato oral, sino de uno contado por una abuela sentada a la sombra de un fresno en pleno verano. Tal vez porque tuvo el privilegio de tener como editora a Leila Guerriero, maestras de la nueva crónica latinoamericana, el autor afiló al máximo su pluma para deslumbrar con un relato que se nutre de la descripción y la narración en proporciones ideales, que juega con los tiempos históricos y hasta se da el lujo de inmiscuirse él mismo en una historia que lo termina (con)fundiendo con esa mujer admirable y sufrida a la que se propone redescubrir para compartirla con sus lectores.

La Casa de la calle 30 es un libro conmovedor, de la primera a la última página. Porque describe a una mujer valiente que supo transformar el dolor y la tragedia en una bandera de lucha y esperanza, que fue símbolo y emblema de vida, como fueron, son y serán por siempre nuestras queridas y entrañables Abuelas de Plaza de Mayo.

El libro de Laureano Barrera es una discreta pero firme invitación a la intimidad de Chicha Mariani: a su infancia, adolescencia y adultez; a la relación con sus padres, sus maestras,  su primer -y único- gran amor; a la devoción por su hijo Daniel, “Posky”, que le sería arrebatado por la dictadura cívico militar; de la añoranza de su nuera asesinada; de la búsqueda interminable de su nieta Clara Anahí, robada por los esbirros de la última dictadura cívico militar en el país.

A Clara Anahí los militares se la robaron de los brazos de su madre, asesinada por la espalda cuando intentaba huir de La Casa de la calle 30, donde funcionaba la imprenta de la organización Montoneros, en La Plata. Una casa que Chicha creía era destinada a la crianza de conejos, en la que convivían su hijo, su nuera y su nieta. La casa donde empezaría a escribirse el triste y dramático epílogo de sus vidas.

La abuela Chicha

Cuando Chicha fue por primera vez a esa casa, se sorprendió al ingresar  al dormitorio principal. “Lo vio a la derecha del cuadro del Cristo de Dalí, en el rincón: el moisés de mimbre que habían usado todos los Teruggi. Diana –su nuera- lo había forrado con una tela rosa a lunares. Sobre la pared habían colgado una muñeca pepona de piernas largas y flacas. El ajuar estaba casi listo. A Chicha se le llenaron los ojos de lágrimas”.  No era para menos: Chicha iba a ser abuela. La abuela Chicha.

A través de descripciones minuciosas, vívidas, nos trasladamos como lectores privilegiados a la casa de la calle 30 y a todos y cada uno de los lugares que frecuentaría la biografiada en la interminable búsqueda de su nieta robada. El afán de juntar datos obsesivamente –eso que algunos llamamos periodismo- se vuelca en un relato atrapante que fluye con la naturalidad de un arroyo –eso que Leila Guerriero llama periodismo literario- para parir una joyita narrativa que trasciende la coyuntura para condensar su valor testimonial, biográfico, en una pieza de consulta permanente para ésta y las próximas generaciones. Que cumple, digamos, con aquella vieja premisa de que el periodismo es la primera versión de la historia.

Pero además porque La casa de la calle 30 es un libro escrito desde las entrañas, que suma su invaluable testimonio al de los y las grandes cronistas de un continente siempre en ebullición. Y que también contribuirá -como todo lo vinculado a Abuelas- a que germine la semilla de la duda en algún nieto o nieta y comience una nueva historia de (re)encuentro.

A Chicha le tocó transitar un tiempo difícil, escabroso. No estaba preparada para la tragedia y de repente lo perdió todo: primero su nuera y su nieta; después a su único hijo. El vacío y la soledad, lejos de postrarla, la llevaron a los brazos de otras abuelas. Y entre todas enfrentaron  las tinieblas con la luz perenne de sus pañuelos blancos. Trajinaron pasillos, despachos, cuarteles, comisarías, embajadas. Gestionaron ante propios y extraños, civiles y militares, laicos y clérigos, la obtención de algún dato que les permitiera orientar la incesante búsqueda de sus nietos y nietas robadas. “Jueces, policías, tenientes, párrocos, cardenales, vicarios castrenses, médicos, periodistas, dirigentes políticos: durante ese 1977, había tocado todas las puertas. La mayoría no había visto ni oído nada. El obispo de La Plata, Antonio Plaza, ni siquiera la recibió. La secretaria del presidente de la Corte Suprema de la provincia, Gerardo Peña Guzmán, le negó el derecho a presentar un amparo por Clara Anahí: estamos en guerra, señora, le dijo, hay que asumirlo”.

Hay un diálogo en el libro de Barrera que ilustra lo que vivían por aquellos días estas mujeres en su desesperada búsqueda:

- “La nena está bien, pero no siga molestando a esa gente. La está poniendo en peligro.

- ¡Pero es mi nieta!

- Señora: rece.

- ¡Hace nueve meses que rezar es lo único que hago!

El clérigo se puso de pie y la miró con desprecio.

- Salga- dijo cruzándose la sotana y señalando la puerta-: a usted le falta fe”.

El testimonio prueba que la última dictadura fue cívica, militar y eclesiástica.

Casa emblemática

La casa de la calle 30 es la misma vivienda que Laura Alcoba reseña en el primer libro de su trilogía: “La casa de los conejos”. Pero quien ahora evoca esa casa ya no es la pequeña Laura, sino la abuela Chicha. Abuela y niña que integran dos generaciones a las que les falta la generación intermedia, la generación perdida, fusilada, desaparecida, exiliada. De esa casa desapareció Clara Anahí, la beba a quien todavía buscan las Abuelas, como a otros centenares de nietas y nietos apropiados por el terrorismo de Estado. Hombres y mujeres que siguen viviendo, más de cuatro décadas después, en la impiadosa mentira de una falsa identidad.

Laureano reconstruye, en una investigación exhaustiva y minuciosa, el rompecabezas de la vida de María Isabel Chorobik de Mariani, la querida  “Chicha Mariani”, una de las fundadoras y primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Que falleció en 2018 sin haber recuperado a su nieta. Cuatro años después, Laureano le rinde su más hermoso tributo: la evoca, la recuerda, la reivindica y, en alguna medida, la revive.

A medida que avanza en su investigación, Barrera sabe ve cómo se deteriora la salud de su biografiada. “Lo que le molesta, más que la ceguera, pienso, es no poder ver qué cosas se hacen y cómo se hacen. La vejez, para Chicha, no es trágica, sino inoportuna: le quita un tiempo precioso que necesita para trabajar”, escribe en ese diálogo intimista que recorre su semblanza de Chicha, un especie de flash back donde el pasado y el presente se (con)funden en un relato que invita a compartir las dudas del autor para acercarse sin preconceptos a la biografiada. 

Laureano trabaja su relato con las agendas de Chicha, que escribe todo lo que le pasa, cada día; desde las compras en el supermercado hasta las gestiones con Obispos y Generales para encontrar a su nieta. A ese registro cotidiano el autor suma las cartas de Chicha a su marido, radicado en Europa, donde se explaya sobre sus estados de ánimo, miedos y angustias. También sobre sus sueños y esperanzas.

“Con el tiempo, las personas olvidan, trastocan sin darse cuenta, esconden –sin intención o con ella-, idealizan. Las cartas evitan ese escamoteo. En el papel, la tristeza, la felicidad o la furia quedan cristalizadas con la nitidez de un largo presente. Intactas, como el aire dentro de una cripta”,  explica Laureano. Esa lectura profunda, que intercala anotaciones en la agenda, testimonios, entrevistas con Chicha, documentos históricos, expedientes judiciales y un largo etcétera explican por qué al autor le llevó varios años su investigación.

La vida de Chicha es la vida de Abuelas de Plaza de Mayo, de su increíble y conmovedora historia, de su impresionante legado: la restitución de más de un centenar de nietos y nietas, la creación del índice de abuelidad, del Banco de Datos Genéticos. Y, sobre todo, de la construcción del camino de esperanza que conduce a la verdad, la memoria y la justicia a través de esos pañuelos blancos que siempre desafían a la oscuridad.

Hernán Vaca Narvaja
- Periodista y escritor -