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Ediciones en papel
"En búsqueda de los pasos perdidos"
Crónicas del desexilio
Por | Fotografía: Valeria Caballero
Foto: Shiavoni muestra el rollo de papel higiénico donde escribió el boceto de su obra en la cárcel.
El libro de Norberto Shiavoni, ex preso político de la dictadura militar, traza un fresco literario sobre las difíciles sensaciones de la vuelta al país luego de un largo exilio.
Publicada el en Libros

Un momento inolvidable, pletórico de emoción y nostalgia, constituyó la presentación del libro de Norberto “Negro” Shiavoni en Río Cuarto, el último viernes de julio. El evento se realizó en el teatrino de la Trapalanda y fue abierto con la lectura de un poema por parte del escritor Antonio Tello. Con la sentida  coordinación de Alberto Levi, ex preso político que compartió presidio con el autor, Miguel Angel Toledo le puso la cuota de música al encuentro y Olga Brito dramatizó distintos fragmentos de “En búsqueda de los pasos perdidos”, el libro que completa la trilogía de Shiavoni, que abarca los años de prisión, el exilio y la vuelta a su querida Adelia María.

 “En búsqueda de los pasos perdidos” –título prousiano si los hay-, completa la trilogía integrada por “Yo…solo cumplo órdenes” y “La vuelta al mundo en varias vidas”, una producción autobiográfica de Norberto Shiavoni, quien padeció la cárcel y el exilio durante la última dictadura cívico militar, que en su última pieza aborda un tema mucho menos explorado por ensayistas y escritores: el desexilio. Que no es otra cosa que la vuelta al pago o, como refiere el título del libro, la búsqueda de los pasos perdidos. Perdidos en el dolor, en la desaparición, en la tortura, en la muerte, en la nostalgia, en la distancia, en el desamor. Porque irse es abandonar la tierra que uno ama, pero volver es abandonar la tierra que nos salvó la vida. 

“No pude en algunos casos dejar de llorar por el grado de cariño alcanzado. La despedida tenía casi la certeza de no volvernos a ver”, escribe Negro. A diferencia del exilio, la despedida del desexilio no es forzosa, es voluntaria. Pero este es un razonamiento tramposo: el desexilio es la voluntad de volver a la tierra de donde fuimos expulsados y por tanto también es desarraigo, porque el exiliado dejará también raíces allí donde comenzó a renacer.

Irse fue salvar la vida dejando atrás la persecución, el odio y la muerte. Pero volver es reencontrarse con la muerte, con su rostro más inexpresivo y doloroso: el de la indiferencia, el del “no te metás”, el de “algo habrán hecho”. El rostro miserable de la impunidad y el olvido.

El exilio es un tránsito, un camino de ida, un paréntesis abierto. Escribe Shiavoni: “Iba dejando mi hilo invisible por los múltiples caminos recorridos, viajando siempre con el pensamiento hacia atrás, de regreso a casa, después de haber estado en un lugar, sabía de la necesidad de volver a mi pueblo natal, porque allí estaba mi niño –yo- subido al eucalipto más alto, o en el techo de la casa. Creía era necesario hacerlo para salvar la esencia de mi ser. Rescatar las dulces vivencias para no sentirme inseguro sobre todo en las noches, para superar errores y poder contar en forma continua con el calor de las personas del lugar”.

El exilio es la soledad. Y la soledad duele. Lastima. Nos vuelve más prudentes.

Dice Negro: “Quiero ir construyendo con verdades. Prefiero caminar a paso lento. Hemos tenido un camino de sangre muy profundo. Debemos ser cuidadosos, casi sin errores si queremos seguir adelante. Por supuesto debemos evitar la inercia”.

La inercia es el miedo. Y el miedo paraliza.

La inercia es el exilio, la lejanía, la distancia. Y la distancia produce impotencia.

Para evitar el miedo y la inercia, nada mejor que la utopía. “Mis duendes amados –escribe Negro- nunca me abandonarán. Siempre estarán indicando el camino del combate por la justicia que sólo terminará cuando el sol de la equidad brille entre los humanos”.

El sol de la equidad son los ideales, las convicciones. Las que le permitieron sobrevivir a la cárcel, al exilio, pero también al desexilio, a esa dolorosa readaptación a una sociedad que no se preguntó todo lo que debía, que miró hacia un costado cuando debía hacerlo de frente, celebró el dólar barato -el “deme dos” en Miami- y festejó el campeonato del mundo.

El desexilio es volver a empezar. Reiniciar la lucha. “Sobre el horizonte una gran bandada de palomas avanzaba hacia el sur –escribe Shiavoni-. Ese era mi destino. La alegría parecía esfumarse por un gigantesco agujero negro. Acaso en algún puntito de mi lugar perdido pudiera volver a encontrarla”.

 “En búsqueda de los pasos perdidos” muestra el reencuentro de su autor consigo mismo. Hay un hombre mayor, experimentado, sabio, forjado por la dureza de la vida, que dialoga con aquél niño inocente que un día se hizo grande y se fue de Adelia María casi sin despedirse. No sabía entonces que el destino lo llevaría primero a la prisión y luego al exilio, en inhóspitos parajes nórdicos del Viejo Mundo o en las cálidas tierras de América Latina. Ese niño permaneció oculto, temeroso, hasta que Shiavoni decidió enfrentarlo y explicarle –explicarse- qué fue lo que pasó; contarle –contarse- las causas de su prolongada ausencia.

El relato de Shiavoni va y viene, fluye, como la vida misma, que “nunca camina para atrás, siempre avanza”. Cada paso se sostiene en el recuerdo, en la convicción de lo hecho, en la mirada retrospectiva de la historia, en la fortaleza de la memoria, en la paz espiritual del camino recorrido sin atajos, sin zancadas, a paso firme. Aquél larguísimo recorrido circular que empezó en Adelia María, siguió en Europa, pasó por México y terminó en el punto de partida.

La niñez, las ideas, los amores, los milicos, la nostalgia, el desarraigo, la alegría, la esperanza, todo fluye en las páginas de “en búsqueda de los pasos perdidos”, un libro esencial que completa una trilogía que traza un recorrido literario que abarca la transición de las décadas de la esperanza revolucionaria, el terror autoritario y el renacimiento democrático. Con su libro, Shiavoni rescata su experiencia vital y la convierte en una vivencia colectiva. Porque, en definitiva, como sostiene el autor, “recordar es vivir dos veces”.

Hernán Vaca Narvaja
- Director -