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Un Nobel de la Guerra
El mal que duró cien años
Foto: Henry Kissinger y Carlos Saúl Menem, en 1989.
Hoy 27 de mayo Henry Kissinger cumple cien años. La mayoría de ellos en actividad político-militar. El hombre sigue impune y brinda entrevistas a medios que no cuestionan su condición de criminal de guerra.
Publicada el en Reflexiones

En 1989, durante la asunción del ex presidente Carlos Menem, una de las figuras más controversiales del siglo XX ocupó un lugar privilegiado en la ceremonia: "Yo creo que la Argentina es uno de los países más dramáticos y más interesantes del mundo", decía por entonces Henry Kissinger.

Con la expansión nazi durante 1938, Kissinger se exilió de su Alemania natal. Era judío y tenía quince años. Ya radicado en los Estados Unidos con su familia y luego de terminar su carrera académica de Ciencia Política en la prestigiosa Universidad de Harvard, logró escalar a lo más alto de la cúpula político-militar, llegando a ser Secretario de Estado (1969-1977) y Consejero de SeguridadNacional (1969-1975).

El caso de Kissinger no es paradigmático ni destacable en cuanto a la astucia de estadista, mucho menos homenajeable. Henry Kissinger fue el principal operador político de la potencia emergente en la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos. Un emisario secreto del ex presidente Nixon, el mandatario responsable de la derrota yanqui durante el intento de invasión a Vietnam. Algunos simpatizantes de la Doctrina de Seguridad Nacional idolatran a Kissinger por sus supuestos dotes en materia de política exterior. El hombre que tenia a disposición el aparato de industria militar más desarrollado del planeta también recibió el Premio Nobel. ¿Le hubieran permitido ser menos?

Al llegar a los cien años de vida se lo referencia como el gurú de la diplomacia, el admirador del sistema de balance de poder, el maestro que imparte lecciones sobre la centralidad de la legitimidad. Ninguna agencia de noticias lo acusa de terrorista y cómplice de las dictaduras del Cono Sur o de haber prolongado un fallido intento de invasión militar contra el pueblo de Vietnam para alcanzar la reelección de Nixon (Si en algo se destacaron los presidentes de Estados Unidos durante el siglo pasado fue en desatar guerras para ganar elecciones).

Alrededor de su figura se construye mediáticamente un aura de misterio y magnificencia, como sucede protocolarmente con todos los hombres blancos poderosos del norte global. Pero la realidad de este infortunado mal que duró cien años es que nunca va a tener que responder por los crímenes de guerra cometidos durante los años setenta. Porque Kissinger fue el mentor del Plan Cóndor, que conspiró para derrocar por la fuerza a Salvador Allende (1973); el supervisor de Videla mientras los militares desplegaron la feroz dictadura de 1976, como también sucedió en Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia.

He aquí la grandeza que enarbolan algunos devotos del águila del norte: guerras, clandestinidad, complicidad, la verdadera definición de un criminal de guerra. Un alemán que admiró la vocación de guerra del emperador Napoleón y congenió perfectamente con las necesidades de un imperio emergente. Abundan los análisis que resaltan su rol de interlocutor con la URSS o con la China de Mao Tse Tung; su destreza para acercar posiciones entre países teóricamente enemistados. Pero una persona instruida por el Pentágono de los Estados Unidos, ¿provocaría militarmente a otras potencias?

Kissinger, al igual que muchos de los civiles de la dictadura argentina, nunca tendrá que enfrentar un juicio por delitos de lesa humanidad. Mucha de la información revelada por los archivos desclasificados de la Central de Inteligencia Americana (CIA) demuestran su responsabilidad y la de otras figuras de la talla de Rockefeller. Al lado de estos sujetos, Carlos Menem pareciera haber sido una marioneta. Pero a quienes recordamos su historia nos enerva que haya partido sin enfrentar el banquillo por las atrocidades cometidas contra el pueblo argentino. De la mano de Kissinger.

Yael Ardiles
- Estudiante de Ciencia Política. -