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#Elecciones2023
¿Nace el Partido Cordobés?
Foto: El nuevo caudillo del peronismo cordobés, Martín Llaryora, otea el horizonte político mientras diseña su futuro gobierno.
El apasionado discurso del gobernador electo la noche del triunfo de Passerini en la capital provincial fue una bisagra en la historia del cordobesismo. ¿Qué cambiará el nuevo líder del peronismo mediterráneo? ¿Cómo jugará después de las PASO? ¿Y en un balotaje?
Publicada el en Reflexiones

Fue un discurso bisagra, con una frase ingeniosa que perforó el blindaje mediático porteño para posicionar a Martín Llaryora como la figura emergente del  previsible peronismo cordobés: "Que no vengan los pituquitos de Recoleta a enseñarnos cómo gobernar". La alusión era obvia: en el búnker de Juntos por el Cambio, los rostros adustos de los "pituquitos" Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich reflejaban el otro gran fracaso de la jornada: la categórica derrota de Rodrigo De Loredo -a quien todas las encuestas daban ganador por amplio margen-, quien antes de mandarlos a dormir dejó otra frase memorable: "Al final los hice venir al pedo".

Esa noche hubo señales claras de que la elección para intendente de la ciudad de Córdoba no había sido una más: era la confirmación del mapa político que había comenzado a esbozarse un mes antes, cuando Llaryora le ganó por estrecho margen la elección provincial a Luis Juez. Y si bien es cierto que el senador nacional le amargó los festejos al gobernador electo al no admitir su derrota -enancado en la paupérrima organización de la elección para la que la Justicia Electoral de Córdoba invirtió la friolera de 540 millones de pesos-, la vehemencia de Llaryora en los festejos de su delfín político no era sólo bronca contenida: había que marcar la cancha porque, ahora sí,  el triunfo de la nueva generación estaba consolidado en el peronismo cordobés.

El ajustado resultado de la elección provincial generó el primer cimbronazo entre los socios de Hacemos Unidos por Córdoba. Aunque nadie lo reconociera en público, rondaba la duda de hasta qué punto jugó el aparato oficial del Gobierno para apuntalar la victoria del sucesor. La abultada derrota de Llaryora en el interior provincial y su categórica victoria en la capital provincial y su San Francisco natal motivaron la primera y contundente doble lectura: a la inocultable debilidad de origen del heredero del cordobesismo –que se refleja en la paridad que tendrá en la Legislatura y la pérdida del Tribunal de Cuentas- se contrapone la indiscutida fortaleza del que fue y será su principal atributo político: la capacidad de gestión.

Treinta días después de la ajustada elección provincial, los votantes de la ciudad de Córdoba no sólo ratificaron, sino que incluso ampliaron en un punto porcentual la diferencia a favor de Llaryora sobre Rodrigo De Loredo. Sin mencionar que la esperanza blanca del radicalismo, pese a todos los vaticinios, cosechó quince mil votos menos que su Juez, a quien escondió todo lo que pudo en su campaña municipal. Los ocho puntos que terminaron separando a Daniel Passerini de Rodrigo De Loredo le pertenecen al flamante gobernador electo. Que, ahora sí, completa un esquema de poder que lo tiene como nuevo e indiscutido líder del renovado espacio político que gobierna la Provincia hace un cuarto de siglo.

El pronunciamiento de las urnas en San Francisco y Córdoba capital indican que Martín Llaryora "no le debe nada a nadie": fueron sus votos -los que supo cosechar en sus gestiones ejecutivas- los que le dieron la victoria en la provincia. Es un capital político inestimable, que lo proyecta por encima de sus aliados tanto del schiarettismo obsecuente como del kirchnerismo vergonzante, como los derrotados intendentes de Río Cuarto y Villa María.

Alineamiento ¿y después?

El doble impacto del "pituquitos de Recoleta" y "los hice venir al pedo" perforó el blindaje de los mal llamados medios "nacionales" generó cierto resquemor puertas adentro del oficialismo, más que en las siempre agitadas aguas de Juntos por el Cambio. El eufórico discurso de Llaryora fue leído por muchos como el punto de partida de su propia proyección nacional, en desmedro de la deslucida candidatura presidencial de Schiaretti.  Con sus filosas frases, el gobernador electo dejó en una posición incómoda al mismo "pituquito" al que Schiaretti intenta seducir denodadamente para que lo incorpore a un "frente de frentes" cuya única cristalización posible, a esta altura del calendario electoral, es un declamado apoyo al jefe de gobierno porteño en un eventual escenario de balotaje ante Sergio Massa. 

Para colmo, al cierre de esta edición la mayoría de las encuestas auguraban un triunfo de Bullrich sobre Rodríguez Larreta, aunque el jefe de gobierno porteño confiaba en el poder territorial de la estructura del radicalismo para inclinar la balanza a su favor. Salvando la enorme y perseverante falibilidad de los encuestadores, el dato no es menor: quien resulte ungido/a  candidato/a presidencial de Juntos por el Cambio plasmará el mapa político de cara a octubre.

Para el precandidato del oficialismo Sergio Massa -para cuya proclamación oficial sólo resta saber cuántos votos le sumará al espacio su utópico contendiente Juan Grabois-, no es lo mismo disputar el voto conservador que expresa Rodríguez Larreta que la derecha más radical que pareciera interpelar Patricia Bullrich.

Mientras piensa en cómo armará su gabinete provincial y cuáles serán sus interlocutores en la Legislatura provincial para aprobar la "ley ómnibus" que seguramente enviará en su primer día de gestión para arrancar con plenos poderes -como hizo apenas asumió en el Palacio 6 de Julio-, Llaryora puede otear el horizonte político desde su remozado despacho en la Municipalidad, donde dejará en diciembre a un dirigente de su confianza que también representa –al igual que él- a la nueva generación de herederos del cordobesismo. "Los hijos de José Manuel “ (De la Sota), como los llamó, rápido de reflejos, el precandidato Massa apenas tuvo un micrófono a mano para intentar capitalizar la onda expansiva del triunfo peronista en Córdoba. 

Corte y confección

Si Schiaretti logra superar el piso de las PASO y se corporiza su candidatura presidencial, la elección nacional tendrá -otra vez- una particularidad en Córdoba. Hace cuatro años, Schiaretti apostó todo el aparato -gubernamental y partidario- para llevar a su amigo Carlos Gutiérrez al Congreso Nacional. Lo logró a costa de un enorme esfuerzo económico, publicitario y militante, que apuntalaron la "lista corta" de Gutiérrez y dejaron en libertad de acción a sus votantes para elegir presidente. Las burdas maniobras para pegar la "lista corta" al voto de Mauricio Macri presidente hicieron que Carlos Caserio y su grupo de ex delasotistas terminaran dando un portazo y se alinearan detrás de la candidatura de los Fernández: Alberto (presidente), Cristina (vice) y Eduardo, el dirigente del PSOL que terminó encabezando la lista de candidatos a diputados nacionales. 

Hoy la ecuación es bastante más compleja: los votantes peronistas podrán optar entre dos candidatos presidenciales que supieron compartir el mismo espacio político y se dicen peronistas (Massa y Schiaretti), a quienes podrán combinar con dos menús bien distintos para llevar representantes al Congreso Nacional: la lista del cordobesismo, encabezada por el schiarettista Carlos Gutiérrez; y la de Unidos por la Patria, monopolizada por los cristinistas Gabriela Estévez y Martín Fresneda.

Aunque históricamente el corte de boleta no suele ser significativo, la combinación de estas opciones en el cuarto oscuro podría trazar un primer  esbozo del nuevo y complejo mapa del cordobesismo. ¿Votarán los intendentes nucleados en torno al ex subsecretario de Obras Públicas Martín Gill la boleta de La Cámpora o alimentarán la representación parlamentaria con diputados genuinos del cordobesismo?  Y viceversa: ¿los votantes de Sergio Massa que recuerdan su sociedad política con De la Sota le darán el voto a la gerenta zonal de La Cámpora y el subsecretario de Derechos Humanos de CFK o elegirán a los candidatos de Schiaretti? 

¿Qué pasará con las fuerzas del campo popular que no digieren que Estévez se haya inscripto primera en la lista a escasas 24 horas de protagonizar la peor elección provincial en la historia del kirchnerismo cordobés? ¿Habrá también corte de boleta por izquierda?

La oposición

En Juntos por el Cambio, tras las ruidosas derrotas de Juez y De Loredo en Córdoba, las PASO les permitirán contar los porotos para saber dónde están parados. Pero lejos de apaciguar los ánimos, todo indicaría que la infernal maquinaria del internismo cambiemita cobrará nuevos bríos y los alejará aún más de los espacios de poder en la provincia. El contraste del último mes es elocuente: mientras el verborrágico Juez despotricaba contra todos, denunciaba a propios y extraños y no admitía su derrota en las urnas, su socio político actuaba como un caballerito inglés y reconocía el triunfo de Passerini aún antes de que la morosa Junta Electoral Municipal difundiera un dato del escrutinio provisorio.

Con estos antecedentes resulta difícil imaginar un comando coordinado para controlar al oficialismo en la Provincia y el municipio de la capital. Más bien contrario: quien finalmente resulte ungido como principal espada parlamentaria del oficialismo -¿cumplirá Llaryora su promesa de consagrar al riocuartense Llamosas presidente provisorio de la Unicameral?- tendrá como primera misión captar nuevas voluntades que rompan más temprano que tarde la incómoda paridad que dejaron los comicios provinciales.

Córdoba construyó su nuevo esquema de poder en las urnas, pero no es una isla: una vez que las PASO prefiguren el nuevo mapa político nacional, se verá hasta dónde quiere jugar el nuevo líder del peronismo cordobés y qué alcance tiene el coqueteo de Schiaretti con Juntos por el Cambio. En el devenir de los próximos meses, cuando hablen nuevamente las urnas, se sabrá si asistimos al nacimiento del nuevo partido cordobés o somos espectadores de un nuevo capítulo del cordobesismo.

Hernán Vaca Narvaja
- Periodista y escritor -