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#Elecciones2023
El kilómetro cero de Martín Llaryora
Foto: Llaryora se instaló en Buenos Aires con una frase. Ahora tendrá que mostrar si en verdad tiene un proyecto nacional.
El gobernador electo ganó en un mes por partida doble, patentó un estilo propio y se proyectó a la política nacional sin esperar que Schiaretti entregue la posta del bastón de mando, imponiéndose en la Provincia y la Municipalidad. ¿Cuál es su proyecto político?
Publicada el en Reflexiones

Las elecciones para renovar autoridades en el Gobierno de Córdoba y en la Municipalidad de la capital provincial supusieron novedades que no estaban en los cálculos de las élites politizadas. Ni las locales ni las porteñas, donde todo lo que pasa en provincias es mirado con cierto desdén o en perspectiva de sus propias batallas electorales, que terminan signando las líneas de acción nacionales.

Martín Llaryora fue protagonista excluyente de ambas elecciones, aunque fuera candidato sólo en la primera. Como gobernador electo el pasado 25 de junio, asumió la responsabilidad de llevar al triunfo a su viceintendente Daniel Passerini un mes después, y lo logró el 23 de julio. Obtuvo incluso con una leva diferencia a favor de lo escrutado en la primera elección ante Luis Juez, alcanzando casi ocho puntos de diferencia sobre Juntos por el Cambio. 

Esa noche del 23, en un salón colmado de militancia peronista en el Hotel Quorum, y ante la sonrisa pétrea de Juan Schiaretti, Llaryora habló para que no quedaran dudas que es el nuevo mandamás de la provincia: tanto el contenido de su discurso como el ímpetu estridente de la oratoria que hilvanó frente al micrófono podría considerarse una de las piezas fundantes de procesos políticos de antaño. 

Pero para eso habrá que ver si palabra y acción van de la mano, si la andanada verbal contra los “pituquitos de Recoleta” implica transformar al gobernador electo en un referente del federalismo de las provincias contra las inequidades que benefician al puerto, si esto significa que un nuevo peronismo hace el aporte que muchos esperan -con distintas intenciones- dentro del movimiento nacional que ha signado las últimas siete décadas.  

Novedoso

Para el director de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Córdoba, Javier Moreira, un estudioso del cordobesismo, el discurso de Llaryora fue “novedoso en tenor y en contenido”. “Tuvo un tono agonista, de confrontación y autoafirmación tan fuerte que se diferenció rápidamente de su antecesor. Con Schiaretti no era así”, adelanta.

Moreira es de los que piensan que el peronismo obtuvo una victoria que no esperaba en capital y que Llaryora tuvo mucho que ver, mientras Schiaretti especulaba con su propia estrategia electoral nacional en una alianza frustrada con Rodríguez Larreta, aún no descartada para después de las PASO del 13 de agosto, cuando se dirima la primera de las justas entre presidenciables.

El catedrático de la UNC destaca el carácter de dirigente del gobernador electo: “Tuvo una capacidad para ordenar la estructura partidaria fuera de lo que estábamos a costumbrados a ver en Córdoba. Y eso también es ponerse la campaña al hombro, al margen de la propaganda electoral y la presencia mediática en apoyo a Passerini. Tengamos en cuenta que se trata de un aparato partidario grande y aceitado con otros líderes. Ahí Llaryora mostró capacidad de ocupar el poder donde no había un vacío, porque Schiaretti sigue siendo actor de peso”. 

Y sostiene que la victoria del todavía intendente de Córdoba fue hacia afuera (ante Juntos por el Cambio) y hacia adentro (imponiendo un nuevo liderazgo en el peronismo). “Esto hace referencia de la ecología de poder de Hacemos Unidos por Córdoba. Fue interesante, quiso marcar en su discurso que empieza un nuevo peronismo, sin hacerse cargo de lo anterior y marcando el kilómetro cero de una construcción que hay que ver cuánto se desvía de lo anterior”, dice Moreira. 

Rupturas y continuidades

El peso de las palabras de Llaryora en su discurso ganador, con toda la carga de revancha ante la frustración que tuvo no haber podido celebrar su propia victoria como gobernador electo por el desastroso escrutinio provisorio que implementó el Tribunal Superior de Justicia (TSJ), torció un lenguaje del poder que se naturalizó como despolitizado, construido de la mano de un Schiaretti, que gusta mostrarse como gestor de la provincia, casi un gerente que ejecuta presupuestos y muestra prolijos balances. 

El dirigente oriundo de San Francisco mostró, según Moreira, impulso para hacer otra construcción política “quizás más cercana al peronismo y no tanto al Pro. Nombró un conjunto de lineamientos públicos más cercanos a las demandas populares: educación, salud, seguridad, asistencia social. Podemos pensar que se termina el discurso y se abre la etapa de las políticas”. 

“En Córdoba se hablaba de la desperonización, pero en ese recinto (del Hotel Quorum) se produjo una comunión con los militantes, que pedían liturgia. Como suposición podemos arriesgar que Llaryora tiene un estilo político más fuerte. Mas allá del eterno consenso que tiene la política de Córdoba desde hace tiempo”, dice Moreira.

Entre el capital que puede mostrar el peronismo para consolidar su hegemonía provincial, Moreira destaca que el cordobesismo “mantiene herramientas propias como experiencia de gestión, cuadros técnicos fuertes, una gran universidad, un sistema de medios, el aporte de la Fundación Mediterránea. Así construyeron un orden político sostenible, con claridad de objetivos, medios, capacidades estatales y gobierno de la conflictividad callejera”. 

En ese marco, Moreira agrega que el estilo personal que impulsa el nuevo gobernador está condicionado. “Nadie desconoce que los factores de poder existen y forman parte de los cimientos de la construcción política que gobierna Córdoba hace dos décadas y media: el campo, los pesos pesados de la economía cordobesa”.

De hecho, referentes del “poder real” provincial salieron desde principios de año a sumarle apoyo a Llaryora, aplicando el típico abrazo de oso, como fue el caso del presidente de la Bolsa de Comercio, Manuel Tagle, que en febrero dijo desde Río Cuarto que su candidato era el intendente de Córdoba. 

Tagle es un ortodoxo liberal que afirma en sus discursos que en Argentina “gobierna el socialismo desde 1945”, ante cada dirigente que pasó a rendir examen en su sede de calle Rosario de Santa Fe, dando cuenta que todo lo que no sea derecha rancia le parece color rojo.

La Fundación Mediterránea viene impulsando el discurso del federalismo desde su nacimiento, al tiempo que promueve un plan económico en continuidad con su línea histórica de Estado mínimo que llevó Domingo Cavallo al gobierno de Carlos Menem y que ahora dirige el economista Carlos Melconián. 

El discurso antiporteño de la Mediterránea comienza en plena dictadura cívico militar, en 1977, tal como explican las historiadoras Ivana Fantin y Erica Schuster. En una ponencia presentada en las Segundas Jornadas Nacionales de Historia de Córdoba, en la UNC, en mayo de 2011, las investigadores detallaron que “los socios que aglutinaba eran casi en su totalidad industriales, que a su vez provenían del Movimiento Industrial Nacional (MIN), sector de la UIA que agrupaba a los empresarios del interior con tendencias proteccionistas, en contra del Movimiento Industrial Argentino (MIA) que representaba los intereses librecambistas ortodoxos de la Capital (Federal)”.

Esa línea de desarrollo histórico desde Córdoba está muy presente en el cuestionamiento a la distribución de los subsidios de los servicios públicos que hace Llaryora y no necesariamente debe adjudicársele un tinte progresista, aun siendo cierta la injusticia de su estructura. De la misma forma, la frase “devuélvanos la plata de las retenciones” está en plena coincidencia con los planteos de las patronales agropecuarias y las multinacionales exportadoras. 

Trasponer los límites propios

En su proyección como dirigente nacional, mientras apuesta a que Schiaretti deje bien parado el peso del cordobesismo en las PASO del 13 de agosto en el territorio propio –algo que siempre le costó al peronismo provincial, como ocurrió en 2021, cuando arrasó Juntos por el Cambio-, Llaryora debe meterse en temas nacionales para dar un mensaje integrador.

“Ahí el problema, como ya charlamos el año pasado (El subibaja de Schiaretti, Revista El Sur, noviembre de 2022), es que para ser referencia hay que dar cuenta de la heterogeneidad del país. El modelo Córdoba de las fuerzas productivas, el perfil económico y las demandas a la Nación y los porteños, no es transferible a regiones como el NOA, el NEA y Gran Buenos Aires. Llaryora tiene por delante constituirse en referencia fuerte. No basta criticar a Buenos Aires desde Córdoba para ser referencia nacional”, advierte Moreira.

“Por ejemplo -prosigue- cuando la mayoría de las provincias interpusieron una acción ante la Corte Suprema por los puntos de coparticipación de CABA, Córdoba no se metió.  Hay una diferencia entre defender las provincias y construir un proyecto de Nación: la desnacionalización de la política implica que no haya clivaje que ordene un proyecto común”, insiste. 

Para Moreira, Llaryora postula un horizonte alternativo al que viene proponiendo Schiaretti y un acercamiento a Sergio Massa no sería algo alocado, sino una alternativa a la alianza con el PRO que tiene en mente el actual gobernador. “Hay niveles territoriales que están planteando ese camino. Ahora habrá que ver qué decisión toma el nuevo líder el peronismo”, concluye el investigador. 

Guillermo Posada
- Periodista -