Casi nadie lo vio venir al hombre de patillas. Todo lo contrario a su antecesor, aquél caudillo de Anillaco que vestía con poncho como Facundo Quiroga para terminar reformando y vendiendo el Estado. Pero a diferencia de aquél, éste patilludo sí dice lo que va a hacer: desafía la corrección política diciendo cada cosa que se le viene a la cabeza sin ningún recato. Rompe en pedazos el manual y esa postura que había instaurado años del ciclo ahora decadente progresista. Hasta se anima a hablar bien de Menem y Cavallo. Ni Macri se animaba a hablar bien del riojano en la campaña del 2015. Aquél líder amarillo aclaraba que no iba a vender Aerolíneas, que lo que estaba bien se iba a respetar. Este se planta de frente a la cámara y de una pizarra que simboliza el Estado te baja de un plumazo varios ministerios. Podría llegar a aventurarse que es un Mauricio Macri sin Superyó, esa faceta de la psiquis que consagra el principio de realidad. Es Ello, impulso puro. La motosierra para liquidar al Estado. Y por eso tal vez Macri aparece admirado de su triunfo, no habrá pensado tal vez nunca que sus ideas, a las que había que edulcorar un poco con promesas vacuas de “Pobreza cero”, pudieran triunfar de ese modo frontal, desencarnado, chabacano, violento.
La admiración del líder de Juntos por el Cambio por Milei hace acordar a la que sintiera Martínez de Hoz por Menem, el hombre que desde el propio peronismo se animó a una reforma tremenda el Estado, cuyos alcances el propio economista de la Sociedad Rural no se había animado a acometer ni siquiera durante la genocida dictadura militar.
Javier Milei se para y discute la idea misma de la justicia social en la cara del peronismo. Conceptualmente puede ser fácil rebatirlo. Pero ¿quién puede reclamar al electorado que defienda esa idea igualitaria, en el país del 50% de pobres, donde la justicia social se refleja como un concepto vacío sin ninguna encarnadura?
La derrota del moderado
Horacio Rodríguez Larreta no supo encarnar la época. Con el diario del lunes lo decimos, por supuesto. El voto se radicalizaba y terminó quedándose en una moderación que ni siquiera pudo contrarrestar incorporando a la fórmula al gobernador Morales y sus represiones recientes en Jujuy. Hizo campaña en modo 2015, como cuando quiso ensanchar el frente incorporando a Schiaretti, del peronismo cordobesista, con pésimos resultados. Como en aquélla campaña del 2015, cuando Macri inauguró a poco de los comicios una estatua de Juan Domingo Perón abrazándose con Hugo Moyano. Sumar diálogo, consenso. Que las elecciones se ganan por el centro, parecía decir el manual al que también adscribió en el 2019 Cristina Fernández cuando lanzó a Alberto Fernández como candidato a presidente y sumó a Sergio Massa al Frente de Todos. Pero esta vez se radicalizó el electorado y la contienda se definió, en su primera vuelta, por el extremo derecho y con la victoria de Patricia Bullrich en la interna de Juntos por el Cambio. A los tibios los vomitaré de mi boca, dice el precepto bíblico. Y a otra cosa. No sólo perder la interna, sino por goleada teniendo en cuenta los recursos publicitarios y de visibilidad con que cuenta su administración en la Ciudad de Buenos Aires. La gente fue por otro lado, esquivando hasta las estructuras de la política tradicional y el aparato de la UCR (y del PJ). La gente quería radicalización, no diálogo.
Resultados sorpresivos, tremendos, que el domingo coronaron el triunfo apretado, pírrico pero colocando la iniciativa política en el líder que menos estructura tenía y el que vino a romper con la corrección política. Para despertar el lunes con una devaluación del 22 por ciento. Con la inflación espiralándose en el supermercado, la incertidumbre tomando a todos, acompañada de la certeza de no llegar a fin de mes. El equilibrio necesario para hacer campaña se vuelve imposible en esa arena movediza. El Fondo pedía devaluar el 60 por ciento, grita Sergio Massa. Pareciera que hay que conformarse con eso. El plan Aguantar, sobrevivir, sacar la cabeza del agua flotando en el océano. ¿De dónde agarrarse? ¿Del miedo al rival, solamente?
No habrá probablemente un error del candidato libertario que pueda ser leído como el cajón de Herminio Iglesias porque la importancia de la corrección política habría naufragado, casi tanto como el contrato progresista que parecía haber inculcado que el menemismo había sido un capítulo oscuro y que ciertos servicios públicos como la salud y la educación no podían ser de ninguna forma materia de discusión en cuanto a seguir siendo gratuitas y universales.
Postura defensiva la del Gobierno. ¿Se puede ganar sin proponer y solo aguantando, hasta ahí nomás? ¿Dónde quedó la avenida del medio de la mesura y el consenso? ¿Hay espacio para radicalizarse siendo Gobierno? Y ¿dónde está el Presidente?
Adelante radicales
Parece ser tiempo de los radicales, en uno o más sentidos. El Gobierno que se dice peronista o progresista aparece prisionero de una gestión que no resuelve ningún problema, sino que éstos se incrementan fuera de su radio de acción, barranca abajo y levantando la mano señalando al rival asegurando que sería todavía peor. El tipo del común probablemente observa esa escena, el billete naranja de mil pesos desintegrándose en la billetera, la bronca y a un exasperado del partido político de logo violeta que grita en la tele: ¡viva la libertad carajo! No devaluamos 60, devaluamos 20 dice el Gobierno. Dolarización responde el otro, si la moneda ya se perdió. Inclusión y palabras hermosas con cada vez menos carnadura de un lado. La motosierra para destruir al Estado del otro. Y la sensación que el Estado presente no alcanza a detener la borrasca, el decantar y declinar constante. El Estado desbordado, impotente, experimentado como una carga insoportable para los empresarios pero también con la sensación de que no llega su protección para los débiles.
Voto multiclasista el de Milei, segundo en La Matanza, triunfando en el interior del país. Ya no es un outsider sino que está dentro nuestro formando parte del querido país. ¿Nos horrorizamos mirando ese espejo? Le dio pasto a fracasos sucesivos de las últimas gestiones que lo pusieron en el lugar de lo nuevo, la alternativa, aunque viene con las recetas de Alsogaray y Cavallo bajo el brazo, un poco remasterizadas. Es difícil a esta altura saber si terminará triunfando el interpelador (por derecha, nos guste o no) del statu quo o el sentido conservador de la especie ante el peligro de perder hasta lo poquito que se tiene.
¿Es tarde para una autocrítica? Probablemente. ¿Oponer una presunta racionalidad alcanzará para aventar los peligros que encarna la ultraderecha? Milei tomó la delantera, tiene más frescura e iniciativa política. ¿Cómo recuperar la iniciativa desde la gestión, en un contexto tan difícil? ¿Se puede superar la permanente referencia al rival desde una óptica propositiva, que vulnere la decantación y la inercia? ¿Hay margen para extremarse de alguna forma, en los espacios progresistas, sin dejar de ser creíble? La sociedad se radicalizó, los tibios parecen quedarse en el camino. Adelante, radicales.