No fue el escenario imaginado. El ¿inesperado? triunfo de Javier Milei en Córdoba, pero sobre todo la dura derrota de Horacio Rodríguez Larreta en la interna nacional de Juntos por el Cambio a manos de Patricia Bullrich, cambiaron por completo el mapa que el gobernador Juan Schiaretti imaginaba para timonear una candidatura forzada que -quedó demostrado en las urnas- sólo tiene carnadura real en su provincia. En octubre, cuando los peronistas de Córdoba concurran a votar para elegir al sucesor de Alberto Fernández en la Casa Rosada, ¿le darán otra vez su voto de confianza a Schiaretti o apoyarán a un candidato/a que tenga posibilidades reales de ganar o al menos entrar al balotaje?
La historia del peronismo cordobés está llena de paradojas. Hace cuatro años, Schiaretti hizo una millonaria inversión publicitaria para promocionar la "lista corta" que llevaba como primer candidato a diputado nacional al su amigo Carlos Gutiérrez, desentendiéndose de los candidatos presidenciales del peronismo. En aquella oportunidad, el oficialismo cordobés apenas logró una banca, contra dos que obtuvo el Frente de Todos y seis de Juntos por el Cambio, que se impuso con holgura.
Hoy la ecuación es inversa: Schiaretti lidera una lista "larga" -que encabeza otra vez Gutiérrez en el tramo de diputados nacionales- y compite "de igual a igual" con el resto de las sábanas encabezadas por Sergio Massa, Patricia Bullrich, Javier Milei y Miryam Bregman. Por la paridad casi absoluta que arrojaron las PASO -apenas dos puntos porcentuales separan a los espacios políticos de Milei, Bullrich y Massa-, la elección definirá quiénes disputarán el balotaje. Schiaretti y Bregman no tienen ninguna chance.
El voto útil
Planteado así el nuevo escenario electoral, las candidaturas de Schiaretti y Bregman disputarán un lejanísimo cuarto y quinto lugar, si es que no sucumben nuevamente ante el voto en blanco, que en agosto fue la tercera fuerza con el 5,51 por ciento de los votos (lo que representa la nada despreciable cifra de 1,3 millones de sufragios).
La pregunta es si, a diferencia de lo ocurrido cuatro años atrás -donde sólo había que agregar el tramo de diputados del cordobesismo al candidato presidencial que cada uno eligiera-, esta vez se mantendrá la fidelidad a la "lista larga" de Hacemos Unidos por Argentina, resignando la incidencia de ese voto en la disputa por el premio mayor. Ahí entrarán a jugar los aparatos, porque cualquiera sea el candidato o candidata que entre al balotaje, en esta instancia se definirá también la futura composición del Congreso Nacional. Y Córdoba pone en juego nada más -y nada menos- que nueve bancas.
El fantasma de la tijera en el cuarto oscuro -que fuera eje de la recordada campaña electoral de Alfredo Keegan en una remota elección en Córdoba- aparece por partida doble: por un lado, los schiarettistas que sacrificarán al jefe pero votarán a sus candidatos en el tramo de diputados; por el otro, los peronistas desencantados del Frente para la Victoria que votarán por Massa pero cortarán el tramo que lleva a los camporistas Gabriela Estévez y Martín Fresneda, a quienes responsabilizan de haber conducido al kirchnerismo mediterráneo a la peor elección de su historia en las últimas elecciones provinciales. En esos comicios ingresó a gatas Federico Alessandri a la Unicameral -poco después sufrió una dura derrota en su bastión de Embalse-, pero dentro de la paupérrima cosecha de votos de "Creo en Córdoba" hubo quince mil cordobeses cortaron el tramo que postulaba al propio Alessandri y a Estévez a la Legislatura. ¿Qué sucederá en octubre, cuando haya que elegir presidente y diputados nacionales? ¿Habrá corte de boleta masivo? No suele suceder. Pero el escenario es atípico.
A los botes
Un relevamiento del Observatorio de Sociología Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (UBA) realizado después de las PASO indica que cuatro de cada diez votantes de Schiaretti migraría en octubre hacia otras fuerzas políticas. El estudio, publicado a fines de agosto por el diario Perfil Córdoba, destaca que mientras Milei y Massa retienen la totalidad de los votos obtenidos por sus respectivos espacios políticos en las PASO, Bullrich y Schiaretti sufren una previsible sangría ante la nueva lógica del "voto útil": mientras dos de cada diez votantes de Bullrich pasarían a las huestes de Milei -a quien ahora ven con posibilidades reales de acceder al poder, cuatro de cada diez votantes de Schiaretti abandonarían al gobernador para sumar sus votos a Milei, Massa y la propia Bullrich.
El panorama no es mejor para Schiaretti cuando se analiza dónde irían los votos cosechados por Horacio Rodríguez Larreta en las PASO: 60, 5 % votarían por Bullrich, 20,1 % a Milei y 8,2 % a Massa. Ninguno al candidato del cordobesismo.
El panorama tampoco favorece al gobernador cordobés cuando se analiza a quién votarían los desencantados -que sufragaron en blanco o no fueron a votar-, entre los que Massa cosecha el 24,6 % y Milei el 24,5 %, preferencias que de alguna manera refrendan lo que aparece como la crónica de un balotaje anunciado.
Natalia for export
La posible merma de votantes de Schiaretti en octubre fue leída rápidamente por la hija de su otrora principal socio político, el fallecido José Manuel De la Sota. Natalia, luego de su obligado ostracismo en las campañas provinciales y de la capital cordobesa, desafió por primera vez el rígido verticalismo del bloque schiarettista en Diputados y no acompañó la vergonzosa reforma de la Ley de Alquileres impulsada por Juntos por el Cambio en el Congreso.
La inesperada rebelión de la joven De la Sota se cristalizó esa misma semana cuando subió al avión que trasladó al ministro y candidato presidencial Sergio Massa y su comitiva a Brasil, donde consiguió una foto con el presidente Luiz Ignacio “Lula” Da Silva, el último líder del progresismo regional y uno de los políticos más admirados por su padre.
La diáspora schiarettista llegó incluso al gabinete provincial en la figura del ministro de Finanzas Osvaldo Giordano. Sin ningún pudor ni disimulo, el funcionario que maneja la economía provincial se mostró distendido y alegre entre los asistentes al insólito lanzamiento que la Fundación Mediterránea hizo de su candidato a ministro de Economía en un eventual gobierno de Patricia Bullrich. Allí, ya sin patillas ni bigote, pero con las mismas ideas anquilosadas de la década del '90, el inefable Carlos Melconián se dio el gusto de lanzar su plan de gobierno en las coquetas instalaciones de la Mediterránea bajo el generoso auspicio de las empresas "a las que les interesa el país", entre ellas las alimenticias que tienen a mal traer al gobierno nacional por su voracidad económica y el sistemático incumplimiento de los acuerdos de precios.
La diáspora de schiarettistas y la creciente debilidad política del gobernador se vio reflejada también en el acuerdo con fórceps al que llegó el peronismo de Villa María, en el que compartirán lista el ministro Eduardo Accastello, la legisladora Nora Bedano, el intendente Martín Gill y el funcionario Marcos Bovo. Todos juntos -y peleados- para intentar preservar el gobierno ante el inminente turno electoral en la tercera ciudad de la provincia, convocadas para el primero de octubre.
¿Y Martín?
Más allá de la fallida incursión nacional de Schiaretti -que a esta altura se imaginaba negociando con Rodríguez Larreta su apoyo en el balotaje que no fue-, el resultado de la elección nacional en Córdoba terminará de reconfigurar el mapa político provincial, donde Martín Llaryora se mantiene expectante pero en un previsible segundo plano.
Tras haberse consagrado gobernador electo de Córdoba en una reñida elección e imponer con cierta contundencia a su viceintendente Daniel Passerini en la Municipalidad de Córdoba, hoy parece más ocupado en diseñar su futuro gabinete y definir quiénes serán sus espadas en una Legislatura de inédita paridad que en apuntalar a su socio político en su quimera nacional.
Paradójicamente, en el nuevo escenario político que se avizora en el país, el gastado argumento de la isla hace agua. El gobernador electo tendrá que elegir entre insistir con la vieja fórmula del Partido Cordobés o recostarse en un peronismo nacional reconfigurado para proyectar desde allí su inocultable ambición presidencial.
En un escenario de tercios -que Cristina Fernández de Kirchner anticipó de manera quirúrgica-, cualquiera sea el próximo presidente/a, Llaryora y el resto de los gobernadores están llamados a tener un protagonismo importante.
La urna está servida. Y Córdoba, ahora seducida por los cantos de sirena del ultraderechista Javier Milei, podría ser el distrito que termine inclinando la balanza otra vez hacia la derecha, como lo hizo en 2015 cuando Macri se impuso a Daniel Scioli en el balotaje por menos de tres puntos porcentuales.