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Tributo carcelario a Angelelli
Foto: Enrique Angelelli, el obispo mártir del terrorismo de Estado en Argentina.
El megajuicio que se realiza en La Rioja por delitos de lesa humanidad alienta el repaso de episodios sucedidos en la cárcel provincial, protagonizados por presos políticos y por miembros de la asociación ilícita para la represión
Publicada el en Crónicas

El nuevo sector del Instituto de Rehabilitación Social de La Rioja estaba repleto de presos políticos. La gendarmería se ocupaba de la férrea disciplina, con castigos físicos incluidos. El 4 de agosto de 1976, los detenidos no midieron los riesgos y rindieron homenaje al obispo Enrique Ángel Angelelli, muerto en la ruta 38, por acción del terrorismo de Estado.

Por ese entonces, los hechos habían despejado incertidumbres acerca de los alcances de la dictadura. En nuestro caso, permanecíamos capturados sin medida legal que lo justificara, ni siquiera como efecto del declarado estado de sitio, recurso habitual de los asaltantes del poder. A los alojados, desde el 24 de marzo de 1976, en el gimnasio del Batallón de Ingenieros 141, nos trasladaron dos días después al IRS.

En el anochecer otoñal nos cargaron en un colectivo de ventanillas obturadas y con nutrido control de efectivos armados, hasta un destino que no nos fue anunciado. Recorrido corto, acompañado por la llovizna, y recepción con trato apremiante para que accediéramos a un edificio de dos plantas. A paso redoblado me tocó subir la escalera, andar a media carrera por un pasillo e introducirme en un espacio reducido. A mis espaldas sentí un ruido que se hizo rutina: el de las llaves de tamaño considerable y cerraduras que garantizaban el encierro.

Reconocí el lugar por lo que aparecía como una ironía de la vida. En función periodística, tiempo atrás había observado los tramos faltantes de una obra que significaba un progreso en materia de política penitenciaria, vinculada con la disposición constitucional de que las cárceles sirvieran para la recuperación y no el oprobio de los internados.

La construcción de reciente data y los ámbitos individuales contrastaban con los pabellones de paredes impregnadas por la humedad y el musgo, para una convivencia promiscua. El fin positivo se trastocaba abruptamente, por orden autoritaria. La soledad agudizaba la situación límite y servía a la incomunicación, extrema cuando los métodos represivos lo requerían.

Las piezas fijas de cada celda eran un elástico, una breve mesa y un asiento, todo en material metálico. El piso, de mosaicos cerámicos, permitía dos o tres pasos, de fondo y de ancho, útil para estirar las piernas. Teníamos una ventaja: la puerta completa era de vidrio armado, lo que permitía observar el exterior. Sobre la cama, una mirilla de madera, operada desde el interior, mostraba la cancha de fútbol y otras dependencias del viejo penal. Los sanitarios, con duchas incorporadas servían para el uso en común. Y para eludir la claustrofobia, siempre al acecho. En los carteles con instrucciones, descubrimos cómo nos clasificaban los invasores: “delincuentes terroristas subversivos”, DTS en la sigla.

El personal del IRS se amoldó a verduguearnos, salvo raras excepciones, más todavía cuando la gendarmería ocupó una especie de doble comando en el IRS. Cuando comenzaron los interrogatorios, en la zona de galpones, la situación se agitó y endureció. Los motores de los vehículos de los torturadores, preanunciaban su llegada. De inmediato se nos imponía acostarnos, de cara a la pared y cerrar la mirilla. Los borceguíes apretaban el piso, hasta que se paraban frente a la celda señalada. Con capucha y manos atadas, el preso era conducido hacia el tormento.

Las visitas eran intermitentes, al igual que la lectura y la correspondencia. Estábamos al tanto de la magnitud de la represión, por el ingreso de nuevos detenidos y por informaciones que de alguna manera se filtraban desde el exterior. Los sacerdotes apresados eran varios y supimos que dos curas habían sido asesinados. En la tarde del 4 de agosto de 1976, un guardia provincial abrió la puerta de mi celda, se acercó y susurró: “Cagó Angelelli”. A mi pregunta obvia, precisó: “Murió en un accidente”.

Creo que otros compañeros recibieron la noticia del mismo vocero. El vidrio armado facilitó la irradiación con el lenguaje de las manos. Al rato nos concedieron un recreo, consistente en caminar por los pasillos. EL corajudo artista y profesor Mario Aciar mencionó la tragedia en voz alta y propuso el silencio y la quietud de los cuerpos como tributo. Los vigilantes controladores se sorprendieron y sólo atinaron a disponer el regreso al encierro . El homenaje no fue cortado de inmediato. Ellos y nosotros sabíamos que monseñor Enrique Ángel Angelelli fue víctima de la masacre, para eliminar la pastoral profética, que perturbaba a los dueños de todo en la provincia de La Rioja.

Guillermo Alfieri
- Periodista -